En un pueblo de Cataluña vivía un personaje muy conocido por los niños: la Vieja Cuaresma. Vestía una larga túnica llena de bolsillos y tenía siete pies. Cada año aparecía después del Miércoles de Ceniza.
Su misión era enseñar a esperar, reflexionar y compartir durante las siete semanas anteriores a la Pascua. Cada viernes, los niños se reunían para quitarle un pie y descubrir cuánto faltaba para la primavera.
La primera semana habló de la paciencia y explicó que las semillas necesitan tiempo para convertirse en flores.
La segunda enseñó la generosidad compartiendo pan con quienes lo necesitaban.
La tercera contó historias sobre la humildad y la alegría de las cosas sencillas.
La cuarta semana invitó a escribir mensajes de agradecimiento para las personas queridas.
La quinta habló del perdón y de cómo una disculpa sincera puede ayudar a reparar una amistad.
La sexta compartió el valor de la esperanza y pidió a cada niño que escribiera un deseo para el futuro en una estrella de papel.
Cuando solo le quedaba un pie, reveló su última enseñanza: la felicidad crece cuando cuidamos a la familia, los amigos y la naturaleza.
Al llegar la Pascua, el pueblo la despidió con flores, canciones y bailes, sabiendo que volvería al año siguiente.
La tradición
La Vieja Cuaresma ayuda a contar las semanas hasta Pascua y convierte la espera en una oportunidad para aprender valores.






