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El barrilete que hablaba con el viento

El barrilete que hablaba con el viento - Cuentos mágicos

El cuento de El barrilete que hablaba con el viento

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En Sumpango, cuando se acercaba el primero de noviembre, el taller de la familia de Tomás se llenaba de papel de colores, reglas, cañas y carretes de hilo. Durante meses, los mayores trabajaban en un barrilete enorme que sería exhibido en la feria de Todos los Santos.

Tomás ayudaba a ordenar los recortes, pero soñaba con construir el barrilete más alto de todos.

—Si llega hasta las nubes, mi mensaje será el primero que escuche el viento —decía.

Su tía Mariela, que formaba parte del grupo de barrileteros, le explicó que los grandes diseños necesitaban muchas manos.

—Primero se piensa el mensaje. Después vienen los colores, el papel, la estructura y el trabajo de la comunidad.

Pero Tomás tenía prisa. Con unas varillas y papel sobrante construyó a escondidas un barrilete pequeño. Lo pintó de azul y escribió en el centro: «Abuelo, todavía recuerdo tus historias».

Al amanecer salió al campo. El viento soplaba con fuerza y el barrilete subió enseguida. Tomás corrió, soltó más hilo y volvió a correr.

—¡Más alto! —gritaba.

Una ráfaga sacudió el papel. El nudo de una esquina se aflojó y el barrilete comenzó a girar sin control. Tomás tiró del hilo, pero cuanto más tiraba, más se arrugaba el mensaje.

Entonces creyó escuchar una voz entre el zumbido del viento.

—No me jales. Escúchame.

Tomás se quedó inmóvil.

—¿Quién ha dicho eso?

—Yo, tu barrilete. Para conversar con el viento hay que saber cuándo sostener y cuándo ceder.

Tomás aflojó un poco el hilo. El barrilete dejó de dar vueltas, aunque seguía inclinado.

En ese momento llegaron su tía, dos vecinos y varios niños del taller. Nadie se enfadó. Extendieron el barrilete sobre la hierba, reforzaron la esquina y alisaron el papel con mucho cuidado.

—Creía que tenía que hacerlo solo —admitió Tomás.

—Un mensaje no vale menos porque muchas personas lo ayuden a volar —respondió su tía.

Juntos añadieron pequeñas figuras alrededor de la frase: mazorcas, pájaros, montañas y manos unidas. Cada niño aportó un detalle y contó a quién quería recordar.

Cuando regresaron al campo, Tomás sostuvo el carrete mientras los demás levantaban el barrilete. Esperaron la ráfaga adecuada. Esta vez no corrió sin mirar. Escuchó las indicaciones, soltó hilo poco a poco y sintió cómo el viento encontraba el papel.

El barrilete no fue el más alto de la mañana. Sin embargo, voló estable y su mensaje quedó abierto hacia el cielo.

—¿Ha llegado? —preguntó Tomás.

La tía Mariela miró los colores moverse.

—Ha llegado a nosotros. Nos ha reunido, nos ha hecho recordar y ahora forma parte de la fiesta.

El viento dio un pequeño tirón, como si estuviera de acuerdo.

Tomás entendió entonces que los barriletes no hablaban con palabras. Hablaban con el tiempo compartido, con las manos que pegaban el papel y con los recuerdos que cada familia elevaba.

Sobre los barriletes gigantes

En Santiago Sacatepéquez y Sumpango, Guatemala, las comunidades elaboran barriletes durante meses y los exhiben o vuelan el primero de noviembre. La técnica comunitaria está reconocida como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.

FIN

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