En la casa de Luna, los últimos días de octubre olían a pan de muerto, chocolate y flores de cempasúchil. Su abuela Elena colocaba un mantel sobre la mesa y Luna iba trayendo agua, fruta y pequeños objetos para la ofrenda.
Aquel año pondrían por primera vez la fotografía del abuelo Mateo.
—¿De verdad encontrará el camino? —preguntó Luna.
La abuela tomó un puñado de pétalos anaranjados.
—En nuestra tradición decimos que el color y el aroma del cempasúchil ayudan a señalarlo. Pero cada familia celebra de una manera diferente. Lo importante es recordar con cariño.
Luna observó la fotografía. El abuelo sonreía con el sombrero torcido y sostenía una cometa que había construido para ella.
—Entonces haré el camino más claro de todo el barrio.
Desde la puerta hasta la mesa trazó una senda de pétalos. Avanzaba despacio para que no quedara ningún hueco. Después colocó el vaso de agua, el pan y un carrete de hilo que había pertenecido al abuelo.
Cuando terminaron, una corriente de aire entró por la ventana. Los papeles de colores bailaron, el mantel se levantó y los pétalos salieron volando por la habitación.
—¡El camino! —gritó Luna.
Intentó recogerlos, pero algunos escaparon hasta la acera. Luna sintió un nudo en la garganta. Le preocupaba haber estropeado algo importante.
Entonces apareció Diego, el vecino del segundo piso.
—He encontrado flores en mi mochila —dijo—. ¿Son tuyas?
Detrás de él llegaron la señora Rosa, los gemelos del número ocho y don Julián, que traía tres pétalos pegados al sombrero.
—El viento ha repartido tu camino por todo el edificio —bromeó don Julián.
La abuela Elena propuso reconstruirlo entre todos. Unos recogieron los pétalos. Otros cerraron la ventana. La señora Rosa trajo más flores y los gemelos dibujaron pequeñas flechas de papel.
Mientras trabajaban, cada persona contó un recuerdo. Diego habló de su bisabuela y de las canciones que tarareaba. Don Julián recordó a un amigo que arreglaba bicicletas. La señora Rosa explicó que en su familia cocinaban un plato especial.
Luna comprendió que la memoria no era una senda recta ni perfecta. Se parecía más a todos aquellos pétalos: podía moverse, llegar a otras casas y hacer que alguien comenzara a contar una historia.
Cuando encendieron las luces seguras de la ofrenda, Luna miró la fotografía del abuelo.
—Tu camino quedó un poco torcido —le dijo—, pero ahora tiene muchas voces.
La abuela la abrazó.
—Los recuerdos no se pierden porque una flor cambie de lugar. Viven mientras los compartimos.
Esa noche, Luna colocó junto al retrato la cometa reparada. No sabía si el abuelo podía verla, pero sí sabía algo verdadero: al recordarlo, su risa regresaba a la casa.
Al día siguiente, el viento volvió. Esta vez levantó un único pétalo y lo dejó sobre el carrete de hilo. Luna sonrió y no intentó moverlo.
Sobre el Día de Muertos
En México, muchas familias preparan ofrendas con fotografías, agua, alimentos, flores y objetos significativos. Las costumbres cambian según la comunidad y deben contarse con respeto, como una tradición de memoria y encuentro familiar.






