Laia, una chica de doce años con el cabello rubio y una mirada despierta, se encontraba ante un reto tan emocionante como inquietante: empezar el instituto. Después de muchos años en primaria, había llegado el momento de entrar en un lugar más grande y desconocido.
Aunque intentaba mostrarse segura, sentía un nudo en el estómago. Le preocupaba no saber si haría amigos o cómo afrontaría las nuevas asignaturas. Aun así, comprendía que debía dar un paso adelante y descubrir aquella nueva etapa.
El primer día caminó por el patio con una mezcla de nervios e ilusión. Observó a otros estudiantes: algunos parecían tan inseguros como ella y otros aparentaban tener mucha confianza. Laia se preguntó dónde encajaría.
Al entrar en el aula encontró caras nuevas y algunas conocidas. Los profesores parecían amables y sus compañeros también estaban expectantes. Eligió un asiento junto a la ventana, respiró hondo y se preparó para empezar.
Durante los primeros días dio pequeños pasos para conocer a los demás. Compartió el recreo, participó en clase y aprendió la rutina del centro. Poco a poco, el miedo se transformó en curiosidad.
Con el tiempo se sintió más cómoda. Hizo nuevos amigos, aprendió a organizar sus tareas y descubrió intereses que no sabía que tenía. El instituto, que al principio parecía un mundo aterrador, se convirtió en un espacio de oportunidades y crecimiento.
Laia comprendió que cada reto nuevo podía ayudarla a descubrir una parte de sí misma. Así escribió el primer capítulo de aquella emocionante etapa de su vida.
Enseñanza del cuento
Los cambios pueden asustarnos, pero afrontarlos paso a paso nos permite crecer, conocer personas y descubrir nuevas capacidades.






