En un bosque tranquilo vivían una liebre muy rápida y una tortuga paciente. La liebre presumía constantemente de ser el animal más veloz.
—¿Hacemos una carrera? Seguro que ganaré —propuso a la tortuga.
—De acuerdo, pero recuerda que no siempre vence quien corre más —respondió ella.
Los animales se reunieron y una ardilla dio la salida. La liebre salió como una flecha, mientras la tortuga avanzaba lentamente, paso a paso.
Pronto la liebre quedó muy por delante. Segura de su victoria, decidió dormir bajo un árbol.
—Cuando despierte todavía tendré tiempo de ganar.
Mientras dormía, la tortuga continuó sin detenerse. Los animales la animaban y ella mantenía su ritmo constante.
Al despertar, la liebre vio que su rival estaba cerca de la meta. Corrió todo lo posible, pero llegó demasiado tarde: la tortuga ya había ganado.
—Me has enseñado que no siempre vence el más rápido —reconoció la liebre.
—Lo importante es avanzar con esfuerzo y no perder la esperanza —respondió la tortuga.
Desde aquel día se hicieron amigas y la liebre aprendió a ser más humilde.
Moraleja
La constancia y el esfuerzo sostenido pueden superar al talento cuando este se acompaña de exceso de confianza.






