Una noche, bajo la luz de la luna, había un pequeño huevo sobre una hoja.
El domingo por la mañana, justo cuando empezaba a salir el sol, del huevo nació una oruguita diminuta y muy hambrienta.
El lunes se comió una manzana, pero todavía tenía hambre.
El martes se comió dos peras, aunque seguía teniendo hambre.
El miércoles se comió tres ciruelas, pero aún no estaba satisfecha.
El jueves se comió cuatro fresas y todavía tenía hambre.
El viernes se comió cinco naranjas, pero su apetito no desapareció.
El sábado probó un poco de todo: un trozo de pastel de chocolate, un helado, un pepino, queso, una rodaja de salami, una piruleta, pastel de cereza, una salchicha, una magdalena y un pedazo de sandía.
¡Aquella noche le dolió muchísimo la barriga!
Al día siguiente volvía a ser domingo. La oruga comió una hoja verde y se sintió mucho mejor.
Ya no tenía hambre y tampoco era una oruguita pequeña. Se había convertido en una oruga grande y robusta.
Construyó una casita a su alrededor, una crisálida, y permaneció dentro durante más de dos semanas.
Un día abrió un agujero, empujó con fuerza y… ¡se convirtió en una preciosa mariposa!
Con sus alas de vivos colores, voló sobre campos y jardines, visitó flores y llevó alegría allí donde iba. El viaje de la pequeña oruga había terminado, pero una nueva vida llena de aventuras acababa de empezar.
Enseñanza del cuento
Cada etapa de la vida tiene algo maravilloso. Crecer implica cambios, y cuidarnos nos ayuda a afrontarlos con energía y confianza.





