Vallserena era un pequeño pueblo escondido entre las montañas del Pirineo catalán. Por las noches, las estrellas llenaban el cielo y el aire olía a pinos y ríos.
Allí vivía Laia, una niña curiosa que contemplaba la luna desde la ventana de su habitación. Una noche oyó un murmullo musical y descubrió a un pequeño duende brillante frente al cristal.
—Laia, ven conmigo —susurró.
La niña salió al jardín todavía en pijama. El duende le explicó que, una vez cada cien años, los seres mágicos de la montaña repartían polvo dorado por el bosque. Solo podían verlo quienes creían en la magia.
Juntos volaron entre los árboles. Desde el aire, Laia observó a los duendes bailar alrededor de los troncos mientras iluminaban los senderos. Ardillas, ciervos y pájaros dormían tranquilamente bajo aquella luz.
Al llegar a un lago, la luna se reflejaba como un gran espejo. Los duendes entonaron una canción tan suave que los ojos de Laia comenzaron a cerrarse.
—Es hora de volver —dijo su amigo—. Cuando mires la luna recordarás que cuidamos el bosque y acompañamos tus sueños.
Una brisa llevó a Laia hasta su habitación. Se durmió sonriendo mientras todavía escuchaba la música entre los árboles.
Enseñanza del cuento
La imaginación nos ayuda a observar la naturaleza con asombro y a sentir que nunca estamos solos a la hora de dormir.






