En el bosque encantado de Nemkova vivía una doncella que cuidaba de cada árbol, flor y animal. Su vestido cambiaba de color con las estaciones y podía comprender el lenguaje de todas las criaturas.
Por la mañana escuchaba a los búhos, ayudaba a los conejos a encontrar refugio y curaba las ramas dañadas por el viento. Allí donde caminaba brotaban pequeñas flores.
Un día llegó un caballero que había oído hablar de ella.
—Ven a mi castillo —le ofreció—. Tendrás habitaciones doradas, vestidos de seda y cuanto desees.
La doncella sonrió.
—Gracias, pero mi hogar está aquí. El bosque me cuida y yo lo cuido a él. No necesito poseerlo para sentirme afortunada.
El caballero pasó la tarde observando su trabajo. Vio cómo recogía residuos del sendero, cómo protegía los nidos y cómo explicaba a los visitantes que solo debían llevarse recuerdos, nunca plantas ni animales.
Antes de marcharse, comprendió que la riqueza del bosque no podía encerrarse entre las paredes de un castillo. Regresó a su pueblo y organizó un grupo para mantener limpios los caminos y plantar árboles autóctonos.
Desde entonces, quienes entraban en Nemkova lo hacían con respeto. Algunos aseguraban que, al caer la tarde, una canción suave los guiaba de vuelta al sendero.
Enseñanza del cuento
La naturaleza no es una posesión: es un hogar compartido que debemos conocer, respetar y proteger.






