Era la noche de Halloween y las calles estaban llenas de niños disfrazados de fantasmas, brujas y monstruos. Entre ellos estaba Martín, un niño al que le encantaba gastar bromas. Se reunió con Claudia y Pol llevando una bolsa de caramelos y muchas ideas.
—¡Esta noche haremos las mejores bromas! —dijo riendo.
Empezaron escondiéndose detrás de los árboles y lanzando confeti. Al principio les pareció divertido. Martín asustó a la señora Ana con una máscara y luego lanzó confeti a Juan, un niño pequeño que se puso a llorar.
—¡Solo es una broma! —decía Martín.
Las cosas cambiaron al llegar a casa de Silvia, que tenía mucho miedo a los monstruos. Sin pensarlo, Martín saltó frente a ella con una máscara y gritó. Silvia quedó paralizada y comenzó a llorar.
Su madre salió, la abrazó y miró seriamente a Martín.
—Las bromas pueden ser divertidas, pero dejan de serlo cuando hacen daño o provocan miedo. ¿Te gustaría que alguien te hiciera sentir así?
Martín se quedó en silencio. Siempre había creído que todos lo pasaban bien, pero por fin comprendió que no era cierto.
Pidió disculpas a Silvia y a los demás. Después, los amigos cambiaron sus planes: escondieron caramelos para que otros niños los encontraran e hicieron bailar esqueletos de cartón. Esta vez todos rieron de verdad.
Aquel Halloween Martín aprendió que la diversión se disfruta más cuando todas las personas se sienten cómodas y seguras.
Enseñanza del cuento
Antes de hacer una broma debemos pensar cómo se sentirá la otra persona. Si causa daño, miedo o incomodidad, deja de ser divertida.






