En un pueblo entre montañas vivía Pau, un campesino trabajador cuyos campos siempre daban buenas cosechas. Cuidaba la tierra, aprovechaba los restos orgánicos para elaborar abono y conocía el ritmo de cada estación.
Al llegar la Navidad, su familia preparó el pesebre con las figuras tradicionales: el nacimiento, los pastores, los animales y un pequeño río.
—Falta algo que recuerde el trabajo del campo —pensó Pau.
Entonces modeló en barro una figura de campesino agachado, realizando sus necesidades detrás de una montaña de musgo. Sus hijos rieron al encontrarla.
—Esta figura representa, con humor, la fertilidad de la tierra y el deseo de que el año nuevo traiga buenas cosechas —explicó.
Los vecinos disfrutaron buscando al personaje escondido y empezaron a incluir figuras semejantes en sus propios pesebres. Con el tiempo aparecieron caganers de muchos oficios y personajes, aunque la figura campesina continuó siendo la más tradicional.
Hoy se coloca discretamente entre el paisaje del pesebre y encontrarlo se ha convertido en un juego familiar.
Este cuento no pretende explicar un origen histórico exacto, sino acercar de forma sencilla el simbolismo popular de una tradición navideña catalana.
La tradición del caganer
El caganer aporta humor al pesebre y suele asociarse simbólicamente con la fertilidad, la fortuna y el vínculo con la tierra.






