Ian vivía con sus padres, su hermana mayor Clara y el pequeño Oliver, que acababa de nacer. Con tantos cambios en casa, a veces sentía que no encontraba su lugar.
Decidió inscribirse en una carrera de resistencia organizada por el pueblo. Sabía que no sería fácil, pero quería entrenar con constancia.
Cada tarde salía a correr después de los deberes. Al principio se cansaba enseguida, aunque poco a poco sus piernas se hicieron más fuertes y aprendió a controlar la respiración.
Clara, que practicaba atletismo, empezó a acompañarlo.
—Mantén un ritmo constante y no gastes toda la energía al principio —le aconsejaba.
Esos entrenamientos no solo ayudaron a Ian a mejorar; también se convirtieron en un tiempo especial con su hermana.
El día de la carrera sintió nervios y emoción. Recordó los consejos de Clara, mantuvo su ritmo y adelantó a varios corredores que habían empezado demasiado deprisa.
Ian terminó en tercer lugar. No había ganado la carrera, pero había superado su propio objetivo. Su familia lo recibió con aplausos.
Aquella noche comprendió que el esfuerzo siempre puede ofrecernos una victoria personal, aunque no seamos los primeros en llegar.
Enseñanza del cuento
La constancia, un ritmo adecuado y el apoyo de quienes nos quieren ayudan a mejorar y disfrutar del camino.






