En un pueblo rodeado de montañas vivía Pepito, un conejo muy curioso. Un día oyó unos ruidos extraños en el bosque y siguió el sonido hasta una pradera donde el águila María preparaba la fiesta de San Juan.
—¿Qué es todo esto? —preguntó Pepito.
—Celebramos la llegada del verano con luz, música y una hoguera preparada por los adultos —explicó María.
Contó que antiguamente se encendían fuegos para dejar atrás lo viejo y recibir una nueva estación con esperanza.
Pepito quiso colaborar y avisó a sus amigos: Fina la zorra, Oriol el búho y Luis el erizo. Juntos decoraron el lugar, prepararon comida y marcaron una zona segura alrededor de la hoguera.
Al caer la noche, todos los animales se reunieron. Los adultos se encargaron del fuego y de los elementos luminosos, mientras los pequeños observaban desde una distancia segura.
El cielo se llenó de colores y Pepito abrió los ojos maravillado.
—¡Parece magia!
—La noche de San Juan es especial porque celebramos el verano con familia y amigos —respondió María—. La alegría es mayor cuando todos cuidamos de todos.
Desde entonces, Pepito esperaba cada año aquella fiesta de luz, amistad y esperanza.
Enseñanza del cuento
Las tradiciones pueden disfrutarse con alegría si respetamos la naturaleza y dejamos el fuego y los petardos en manos de adultos responsables.






