En un pueblo entre montañas había una escuela con un jardín encantado. Cada planta y cada animal guardaban una historia. Allí estudiaba Lina, una niña alegre y curiosa que acababa de llegar al centro y se desplazaba en silla de ruedas.
Durante el recreo decidió explorar el jardín, pero pronto descubrió que algunos caminos no eran accesibles. Cuando empezaba a sentirse excluida, Nora, una mariposa parlanchina, se acercó a ella.
—¿Hay algún lugar al que quieras llegar?
Lina asintió. Juntas buscaron recorridos alternativos y encontraron rincones mágicos que sí podía visitar. Después conocieron a Oliver, una ardilla que diseñaba los senderos.
Lina le explicó que el jardín sería más divertido si todas las personas pudieran recorrerlo. Oliver se entusiasmó con la idea.
La noticia llegó a los demás alumnos, que se sumaron al proyecto. Construyeron rampas, ampliaron caminos y crearon zonas de juego donde todos podían participar.
Gracias a Lina, el jardín se convirtió en un lugar más bonito y completo. Ya nadie tenía que quedarse fuera de una aventura por culpa de una barrera.
Desde entonces, Lina se sintió parte de la escuela y siguió proponiendo ideas para que todos aprendieran y jugaran juntos.
Enseñanza del cuento
La inclusión no consiste en pedir a una persona que se adapte a todas las barreras, sino en construir espacios donde cualquiera pueda participar.






