Isona tenía seis años y desde hacía días notaba que sus dos dientes de arriba se movían. Cada vez que mordía una manzana, parecían bailar.
Una tarde, mientras jugaba con su hermana Laia, uno de los dientes cayó.
—¡Mira! —gritó emocionada.
—Esta noche puedes dejarlo bajo la almohada para el Ratón Pérez —respondió Laia.
Antes de acostarse cayó también el segundo diente. Isona abrió mucho los ojos: ¡dos en un solo día!
Colocó ambos en una pequeña cajita bajo la almohada. Le costó dormir porque imaginaba la visita del famoso ratón y se preguntaba si encontraría el camino.
A la mañana siguiente metió la mano bajo la almohada. Las dientes habían desaparecido y en su lugar había una bolsita con un collar de estrella y una pinza de colores.
—¡Ha venido! —exclamó mientras corría a enseñárselo a Laia.
Isona se miró en el espejo y sonrió con orgullo. Aquel hueco no le parecía extraño: era una señal de que estaba creciendo.
Durante el día enseñó su nuevo sonrisa a sus amigos y les contó la sorpresa que había encontrado.
Enseñanza del cuento
Los cambios del cuerpo forman parte de crecer. Hablar de ellos y convertirlos en una tradición cariñosa puede ayudarnos a vivirlos con ilusión.






