Adrián tenía ocho años y se acostó muy emocionado. Dos días antes se le había caído su primer diente y aquella noche esperaba al Ratón Pérez. Además, también era la noche de Reyes.
Cuando la casa quedó en silencio, el Ratón entró en la habitación y encontró el diente bajo la almohada. Estaba a punto de dejar una moneda cuando oyó pasos.
Melchor, Gaspar y Baltasar acababan de llegar con sus regalos. Al ver una pequeña sombra, preguntaron con cuidado:
—¿Quién está ahí?
—Soy el Ratón Pérez. Parece que todos tenemos trabajo esta noche.
Decidieron colaborar para no despertar al niño. Baltasar levantó suavemente el borde de la almohada mientras el ratón dejaba la moneda. Después, los Reyes colocaron junto a sus zapatos un libro, pinturas y un juego de construcción.
—Así es mucho más fácil —dijo Pérez—. Cuando nos ayudamos, la magia llega sin hacer ruido.
Por la mañana, Adrián encontró los regalos y la moneda. Estaba convencido de que aquella había sido una noche extraordinaria.
Desde entonces, cuentan que los Reyes Magos y el Ratón Pérez se avisan cuando sus visitas coinciden.
Enseñanza del cuento
Organizarse, respetar el trabajo de los demás y colaborar permite lograr cosas que serían más difíciles en solitario.






