Aquel verano apenas había llovido. Los caminos estaban polvorientos y las hojas del viejo roble de la colina comenzaban a encogerse.
Biel lo visitaba cada tarde. Su abuelo le había contado que aquel árbol llevaba allí más años que cualquier casa del pueblo y que bajo sus ramas habían descansado muchas generaciones.
—Necesitas agua —susurró el niño al ver una rama seca.
Biel llenó una regadera, pero pronto comprendió que no bastaría. Fue a buscar a sus amigos y juntos pidieron ayuda a sus familias. Al día siguiente, vecinos de todas las edades subieron con cubos y recipientes reutilizables. También colocaron paja alrededor del tronco para conservar la humedad y acordaron usar únicamente el agua recogida de lluvia y la que sobraba de lavar frutas y verduras.
Los animales del bosque parecían colaborar a su manera: los pájaros esparcían semillas y las hormigas aireaban la tierra. Durante varias semanas, el pueblo cuidó el roble sin desperdiciar una sola gota.
Una mañana apareció un brote verde en una de las ramas. Biel llamó a todos y la noticia se convirtió en una pequeña fiesta.
Desde entonces, junto al árbol había un cartel: «Cuidar la naturaleza es una tarea de todos». El roble volvió a dar sombra, y el pueblo aprendió a valorar el agua mucho antes de que regresaran las lluvias.
Enseñanza del cuento
Los grandes problemas se afrontan mejor cuando una comunidad coopera, escucha a la naturaleza y utiliza los recursos con responsabilidad.






