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La calabaza que tenía miedo de Halloween

La calabaza que tenía miedo de Halloween - Cuentos de miedo

El cuento de La calabaza que tenía miedo de Halloween

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En el huerto de la señora Jacinta crecían calabazas de todas las formas. Había calabazas redondas como lunas, alargadas como zapatillas y diminutas como botones. La más pequeña se llamaba Berta y guardaba un secreto: le daba miedo la oscuridad.

Durante el día, Berta charlaba con las mariquitas y contaba nubes. Pero cuando el sol se escondía, cerraba los ojos con tanta fuerza que hasta se le arrugaba el rabito.

—No quiero que llegue Halloween —confesó una tarde.

Las otras calabazas se sorprendieron.

—¡Pero si es nuestra noche favorita! —dijo una enorme—. Nos convertimos en faroles y alumbramos las ventanas.

A Berta aquello no la tranquilizó. Para alumbrar una ventana primero había que quedarse en medio de la noche.

El 31 de octubre, Leo y su hermana Inés llegaron al huerto con su madre. Escogieron varias calabazas y, cuando vieron a Berta, decidieron llevarla también.

En casa vaciaron las calabazas con cuidado. La madre hizo los cortes y los niños dibujaron las caras. A Berta le tocó una sonrisa pequeña y dos ojos con forma de estrella.

—Ahora pondremos una luz dentro —explicó Inés.

Al oírlo, Berta tembló.

—¿Dentro de mí? ¿Y si la oscuridad entra primero?

Nadie escuchó su vocecita, excepto una luciérnaga que se había colado por la ventana.

—La oscuridad no entra ni sale —le susurró la luciérnaga—. Simplemente aparece cuando la luz descansa.

—Pues yo preferiría que nunca descansara —respondió Berta.

La luciérnaga se posó sobre su rabito.

—Ser valiente no es dejar de tener miedo. Es hacerle un sitio pequeño y no permitir que ocupe toda la casa.

Inés colocó dentro de Berta una lucecita segura, de esas que funcionan con una pila. De pronto, sus ojos de estrella brillaron y su sonrisa iluminó la mesa.

En la calle pasaron esqueletos de cartón, brujas con zapatillas deportivas y fantasmas que pedían dulces. Entonces se levantó viento y las luces de varias decoraciones se apagaron. Los niños más pequeños se quedaron quietos.

Leo tomó a Berta entre sus manos y la acercó al portal.

—Esta calabaza nos mostrará el camino.

Berta seguía sintiendo un poco de miedo, pero también notaba el calor de la luz y las manos de Leo. Alumbró los escalones, la cesta de caramelos y hasta una araña que resultó ser de plástico.

—No necesito iluminar toda la noche —comprendió—. Basta con iluminar el siguiente paso.

Cuando terminó la fiesta, Inés dejó a Berta junto a la ventana. La luciérnaga regresó para despedirse.

—¿Ya no tienes miedo?

—Sí, un poquito —respondió Berta—. Pero ahora sé que puedo llevar una luz conmigo y pedir compañía.

Desde entonces, cada Halloween, Berta fue el farol más pequeño del barrio y también el más esperado. No porque nunca temblara, sino porque su luz recordaba a todos que el valor puede comenzar con una estrella diminuta.

Para conversar después del cuento

¿Qué ayuda a Berta cuando siente miedo? ¿Qué personas, objetos o pensamientos funcionan como una pequeña luz para ti?

FIN

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