En un bosque encantado vivía Dídac, un pequeño dragón que siempre tenía frío. Los demás podían lanzar grandes llamaradas, pero de su boca solo salían humo y una chispa diminuta.
Un día conoció a Lucía, una hada brillante.
—Quizás todavía no has descubierto tu llama especial —dijo—. ¿Quieres que la busquemos?
Visitaron el árbol más antiguo del bosque y la Cueva de las Estrellas, pero no encontraron ninguna respuesta. Finalmente llegaron al Lago del Espejo, cuyas aguas mostraban la verdadera esencia de quien se acercaba.
Dídac contempló su reflejo y vio todos los momentos en los que había ayudado: había compartido comida con un lobo hambriento, protegido a un pájaro caído y animado a Lucía con sus historias.
Al recordar aquellas acciones, sintió un calor agradable en el pecho. Sopló hacia el lago y apareció una llama dorada, suave y cálida.
Su fuego no era igual al de los demás dragones. No quemaba ni asustaba: servía para dar calor y encender pequeñas luces.
Dídac comprendió que no necesitaba imitar a nadie. Había encontrado una capacidad propia, nacida de su bondad y su manera de cuidar.
Enseñanza del cuento
No todas las capacidades se manifiestan de la misma forma. Reconocer nuestros gestos y fortalezas nos ayuda a valorar aquello que nos hace únicos.






