Pol disfrutaba del baloncesto en silla de ruedas desde que había probado aquel deporte en el pabellón de su ciudad. Entrenaba los giros, los pases y los lanzamientos con tanta energía como paciencia.
Un día conoció a Laia, otra joven jugadora. Juntos reunieron un equipo para participar en un torneo local. Cada integrante tenía un estilo distinto: unos defendían muy bien, otros eran rápidos en las transiciones y otros destacaban por su puntería.
En el primer partido perdieron por pocos puntos. Pol se sintió decepcionado, pero Laia le recordó que una derrota también ofrece información. Revisaron las jugadas con su entrenador y practicaron la comunicación.
Semanas después llegaron a la final contra el mismo equipo. El pabellón estaba lleno y el encuentro comenzó con ventaja rival. Pol y sus compañeros mantuvieron la calma, ajustaron la defensa y compartieron el balón.
En los últimos segundos, con el marcador empatado, Laia recuperó la posesión y vio a Pol libre. Él recibió el pase y lanzó. La pelota entró justo antes de que sonara la bocina.
Celebraron la victoria, pero también felicitaron al otro equipo por un gran partido. Pol sabía que aquella canasta solo había sido posible gracias a cada bloqueo, pase y palabra de ánimo.
Después del torneo continuó entrenando con la ilusión de mejorar, no para demostrar que podía hacerlo todo solo, sino porque amaba el deporte y a su equipo.
Enseñanza del cuento
La inclusión permite competir en igualdad, y el esfuerzo compartido convierte las capacidades de cada persona en una fortaleza colectiva.





