Asia era una niña de tres años con unos ojos brillantes como estrellas y una sonrisa traviesa. Le encantaba jugar en su habitación, rodeada de peluches, cuentos y dibujos de colores. Pero había algo que no le gustaba nada de nada: ¡los mosquitos y las moscas!
Cada noche, cuando Asia se metía en la cama, escuchaba el molesto zumbido de los insectos volando a su alrededor.
—¡Bzzzz, bzzzz!
Ella se tapaba con las sábanas y gritaba:
—¡Mamáaa! ¡Hay moscas en mi habitación!
Su mamá venía, le acariciaba la frente y le decía que no pasaba nada. Pero Asia no estaba tranquila. Esos pequeños bichitos le hacían cosquillas en la nariz y no la dejaban dormir bien.
Hasta que un día descubrió algo increíble.
Entre sus juguetes, oculto entre los peluches, había un pequeño dragón verde con alas escamosas y unos ojos tan brillantes como los suyos.
—¡Hola, Asia! —dijo el dragón con una voz dulce—. Me llamo Dragón Come-Moscas y he venido a ayudarte.
Asia abrió los ojos como platos y se cubrió la boca con las manos.
—¿Un dragón? ¡¿De verdad?! —dijo emocionada y con un toque de incredulidad.
El dragón soltó una risita y agitó sus alas.
—¡Sí! Soy un dragón especial. Mi misión es proteger a los niños y niñas de los insectos molestos. ¡Me encantan! Son como caramelos para mí.
Asia lo miró con asombro. De repente, el pequeño dragón saltó con agilidad y atrapó una mosca con su lengua larga y pegajosa.
—¡Slurp! —hizo al tragársela con una divertida mueca—. Mmm… ¡Esta sabía a fresa!
Asia estalló en carcajadas.
—¿¡A fresa?! ¡Jajajaja!
Desde aquel día, Asia dejó de preocuparse por los insectos. Cada noche, el Dragón Come-Moscas se paseaba por su habitación, haciendo desaparecer a todas las moscas y mosquitos con movimientos rápidos y precisos. Asia lo observaba fascinada, sintiéndose protegida y segura.
Antes de cerrar los ojos, siempre le decía:
—¡Gracias, Dragón Come-Moscas! ¡Buenas noches!
Y así, con su nuevo amigo vigilándola, Asia dormía tranquila, sin zumbidos molestos y con sueños felices llenos de dragones amigos y aventuras maravillosas.
Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado.