Érase una vez un niño tan diminuto que sus padres decidieron llamarlo Pulgarcito. Desde que nació, su tamaño había sido motivo de asombro y preocupación. Su madre y su padre lo protegían con esmero y rara vez lo dejaban salir solo, temerosos de que algo le sucediera.
Pero Pulgarcito no se dejaba intimidar por su pequeña estatura. Era un niño listo, valiente y con un gran corazón. Siempre quería ayudar en casa y demostrar que, aunque pequeño, era capaz de hacer grandes cosas.
Un día, su madre estaba preparando un delicioso guiso cuando se dio cuenta de que le faltaba azafrán.
—¡Oh, qué lástima! Sin azafrán, la comida no tendrá el mismo sabor —suspiró.
Pulgarcito, que siempre estaba atento, se apresuró a ofrecer su ayuda.
—¡Mamá, yo puedo ir a comprarlo!
Su madre negó con la cabeza de inmediato.
—¡Oh, no, hijo mío! Eres tan pequeño que alguien podría pisarte sin darse cuenta, o podrías perderte en el camino.
Pero Pulgarcito insistió con su habitual entusiasmo.
—No te preocupes, mamá. Iré cantando bien fuerte para que todos me oigan y sepan que estoy ahí.
Después de tanta insistencia, su madre, aunque preocupada, terminó cediendo.
—Está bien, pero ten mucho cuidado y no dejes de cantar en ningún momento.
Pulgarcito tomó la moneda que su madre le dio y salió de casa con paso decidido.
Por el camino, cantaba con todas sus fuerzas:
«¡Pachín, pachín, pachán,
No me pises al pasar!»
Las personas que caminaban por la calle miraban a su alrededor, sin saber de dónde venía aquella vocecilla. Finalmente, notaron a Pulgarcito avanzando con seguridad.
—¡Vaya! ¡Nunca había visto un niño tan pequeño! —exclamaban algunos con asombro.
Cuando llegó a la tienda, el tendero, que estaba ocupado, no lo vio.
—¡Señor, quiero comprar azafrán! —gritó Pulgarcito, pero su voz era tan fina que apenas se escuchó entre el bullicio.
Entonces, Pulgarcito tomó aire y cantó aún más fuerte:
«¡Pachín, pachín, pachán,
No me pises al pasar!»
El tendero, extrañado, miró a su alrededor hasta que, finalmente, vio al diminuto niño.
—¡Vaya, pero si eres pequeñísimo! —dijo sorprendido—. ¡Y tan valiente como para venir solo!
Pulgarcito le entregó la moneda y recibió el azafrán. Con el paquetito bien sujeto, emprendió el regreso a casa, siempre cantando.
Su madre se sorprendió y lo abrazó con orgullo.
—¡Pulgarcito, lo lograste! Eres más valiente de lo que pensaba.
Pero Pulgarcito no estaba satisfecho con su hazaña y exclamó con entusiasmo:
—Mamá, si he podido ir a la tienda, también puedo llevarle el almuerzo a papá al campo.
Al principio, su madre dudó.
—No sé… la cesta es grande y el camino es largo…
Pero Pulgarcito insistió tanto que, al final, su madre aceptó.
—Está bien, pero ten mucho cuidado. Y no dejes de cantar.
Pulgarcito tomó la cesta y comenzó su viaje, cantando de nuevo su canción.
Los vecinos, al verlo pasar, se sorprendían al ver una cesta que parecía moverse sola.
—¡Miren eso! ¡Parece que la comida camina por sí sola!
Pulgarcito continuó su camino hasta que, de pronto, el cielo se oscureció y comenzó a llover. Buscando refugio, corrió hasta un huerto y se escondió bajo una gran col.
Lo que no sabía Pulgarcito era que, en ese mismo huerto, un buey hambriento se acercaba en busca de algo para comer. Con un gran bocado, el buey se tragó la col… ¡y con ella a Pulgarcito!
Desde dentro de la panza del buey, Pulgarcito gritó:
—¡Ayuda, ayuda! ¡Estoy aquí dentro!
Pero su voz era tan pequeña que nadie lo escuchaba.
Sus padres, preocupados al ver que no regresaba, salieron a buscarlo.
—¡Pulgarcito! ¡Pulgarcito! —gritaban mientras recorrían el campo.
Al llegar al huerto, encontraron la cesta del almuerzo abandonada y supieron que algo extraño había pasado.
—¡Hijo mío! ¿Dónde estás?
Entonces, escucharon una vocecita lejana que decía:
—¡Estoy aquí! ¡Dentro de la panza del buey!
Su madre se llevó las manos al rostro y su padre exclamó:
—¡Tenemos que sacarlo de ahí!
Pensaron y pensaron hasta que el padre tuvo una idea.
—Démosle de comer mucho hasta que no pueda más.
Así lo hicieron. Alimentaron al buey con todo tipo de comida hasta que su barriga se hinchó tanto que…
—¡PUM!
El buey soltó un gran estornudo y, con él, ¡Pulgarcito salió volando por los aires!
Cayó en los brazos de su madre, sano y salvo.
—¡Hijo mío, estás bien! —dijeron sus padres entre lágrimas de alegría.
Pulgarcito sonrió y, como si nada hubiera pasado, preguntó:
—¿Puedo ir mañana de nuevo a la tienda?
Sus padres rieron y lo abrazaron con fuerza.
Desde entonces, Pulgarcito siguió demostrando que la verdadera grandeza no se mide en tamaño, sino en valentía, ingenio y determinación.
Y así termina esta historia, tal como empezó, con un niño pequeñito que tenía un corazón enorme.