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Mi amigo Zort

Mi amigo Zort - cuento infantil

El cuento de Mi amigo Zort

Mateo era un niño muy curioso. Cada noche le encantaba mirar las estrellas desde la ventana de su habitación, imaginando qué secretos escondería el universo.

Una noche, mientras observaba el cielo con su telescopio, vio una luz brillante que atravesaba el firmamento y caía en el bosque detrás de su casa. Intrigado, decidió investigar qué había sucedido.

Con una linterna en la mano, Mateo salió de casa y caminó hasta el lugar donde había caído la luz. Para su sorpresa, encontró una pequeña nave espacial hecha de un metal brillante que nunca había visto. Y justo al lado, había una criatura pequeña de color azul, con grandes ojos resplandecientes y una sonrisa amigable.

—¡Hola! —dijo la criatura con una voz suave—. Me llamo Zort. Vengo del planeta Zircón y he venido a explorar la Tierra, pero mi nave se ha averiado. ¿Me puedes ayudar?

Mateo, emocionado por haber encontrado a un extraterrestre, asintió de inmediato.

—¡Por supuesto! Pero… ¿cómo puedo ayudarte? —preguntó, con el corazón latiendo rápido.

—Necesito encontrar algo especial que solo existe en vuestro planeta, una piedra mágica llamada Luz de la Tierra. Es la única manera de reparar mi nave.

Sin dudarlo, Mateo aceptó el reto. Juntos, él y Zort comenzaron una gran aventura por el bosque en busca de la misteriosa piedra. En el camino, encontraron animales amigables que los ayudaron: un búho sabio que conocía el paradero de las piedras mágicas y una ardilla veloz que los guió por los senderos más escondidos.

Después de una larga búsqueda, llegaron a una cueva oculta, donde algo brillaba con un resplandor especial. Allí, en el centro de la cueva, descansaba la Luz de la Tierra, una piedra preciosa que emitía un brillo como el de las estrellas.

—¡Lo conseguimos! —dijo Zort con alegría.

Con la piedra mágica en sus manos, regresaron a la nave, y Zort usó su energía para reparar el motor. Poco a poco, la nave comenzó a brillar y a hacer ruidos extraños, preparándose para volver al espacio.

—Gracias, Mateo. Eres un gran amigo —dijo Zort con emoción—. Nunca olvidaré la ayuda que me has dado. Si alguna vez miras al cielo y ves una luz brillante, seré yo saludándote desde mi planeta.

Mateo sonrió, con una mezcla de tristeza y felicidad.

—Yo tampoco te olvidaré, Zort.

La nave despegó suavemente, dejando tras de sí un rastro de luz que iluminó la noche. Mateo regresó a casa, pensando en la increíble aventura que había vivido. Y desde ese día, cada noche miraba las estrellas, sabiendo que, en algún lugar del universo, su amigo Zort también miraba hacia la Tierra.

FIN

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