En un pequeño y tranquilo pueblo vivía una niña de ocho años llamada Martina. Martina tenía una pasión: montar en bicicleta. Cada tarde, después de la escuela, tomaba su vieja bicicleta y recorría los caminos serpenteantes que atravesaban los campos verdes que rodeaban el pueblo.
Un día, mientras regresaba a casa, su bicicleta hizo un ruido extraño y, de repente, una de las ruedas se averió por completo. Martina se sintió muy triste; su bicicleta era antigua y ya no podía repararse.
Sus padres, al ver cuánto amaba andar en bicicleta, decidieron darle una sorpresa. Después de mucho ahorrar, le compraron una bicicleta nueva para su cumpleaños. Cuando Martina vio su nueva bicicleta, sus ojos brillaron de alegría. Era preciosa, de un rojo brillante y con un timbre que sonaba como el canto de los pájaros.
La primera vez que salió con su nueva bicicleta, Martina se dio cuenta de que muchos niños en el pueblo no tenían bicicleta. Esto la hizo reflexionar. Habló con sus padres y juntos tuvieron una gran idea: organizar un taller de reparación de bicicletas viejas para todos los niños del pueblo que lo necesitaran.
Martina y sus padres comenzaron a recolectar bicicletas viejas y a repararlas con la ayuda de voluntarios. Cada bicicleta arreglada era una oportunidad para que otro niño disfrutara de la libertad y la alegría de andar en bicicleta.
El proyecto de Martina creció, y pronto el pueblo celebró un pequeño festival de bicicletas donde todos podían probar diferentes modelos, aprender a repararlas y, lo más importante, compartir momentos especiales con amigos y familiares.
Martina aprendió que compartir su pasión no solo la hacía feliz a ella, sino que también llevaba felicidad a muchos otros. Su nueva bicicleta le dio muchas alegrías, pero la verdadera felicidad vino de ver a los demás niños riendo y jugando juntos, unidos por el amor a las bicicletas.