En los antiguos canales de Xochimilco, donde el agua refleja el cielo y las trajineras pasan despacio entre chinampas llenas de flores y maíz, existía un secreto muy viejo.
Los ahuejotes inclinaban sus ramas sobre el agua, los ajolotes se escondían entre las raíces, y el viento llevaba el eco lejano de alguna marimba que sonaba en una trajinera adornada con bugambilias de colores.
La gente del barrio hablaba en voz baja de una criatura que aparecía en las noches de luna llena. Decían que, cuando la luna se reflejaba redonda sobre el canal, podía verse una luz blanca deslizándose entre el agua oscura.
Era la Serpiente Blanca.
No daba miedo. No atacaba a nadie. Pero era misteriosa.
Los abuelos contaban que protegía un tesoro escondido bajo una antigua chinampa, en una cueva formada por raíces y tierra húmeda. Muchos habían intentado encontrarla. Algunos removieron tierra, otros siguieron destellos en la noche, pero la entrada nunca aparecía.
Y eso hacía crecer aún más la leyenda.
Una tarde, una niña llamada Luna caminaba por la orilla del canal. Le gustaba mirar los ajolotes, escuchar el chapoteo del agua y ayudar a su abuelo a sembrar flores en la chinampa.
De pronto, algo llamó su atención.
Entre las sombras del agua, una luz blanca se movía lentamente.
Luna se quedó quieta. Su corazón latía rápido, pero no de miedo… sino de emoción.
La figura emergió un poco más.
Era larga, brillante, hermosa. Sus escamas parecían hechas de luz, y sus ojos brillaban como pequeñas estrellas reflejadas en el canal.
Era la Serpiente Blanca.
Durante unos segundos que parecieron eternos, se miraron en silencio. El viento dejó de soplar. Incluso el agua pareció quedarse quieta.
Luego, la serpiente desapareció bajo la superficie.
Luna parpadeó. ¿Había sido real?
Esa noche no pudo dormir.
¿Y si el tesoro existía de verdad?
¿Y si la serpiente la había estado observando?
¿Y si la entrada estaba cerca?
Al día siguiente volvió al mismo lugar. Todo parecía normal. Demasiado normal.
Las raíces de un viejo ahuejote se movían ligeramente, como si escondieran algo. Luna dio un paso más… y escuchó un pequeño crujido bajo sus pies.
Crac.
El suelo vibró suavemente. Detrás de unas raíces gruesas comenzó a brillar una luz blanca y suave.
¿Era la entrada?
Recordó lo que decían los abuelos:
—Solo quien tenga el corazón limpio podrá ver el verdadero tesoro.
Luna respiró hondo. Ella no quería oro ni joyas. Solo quería saber el secreto… y proteger ese lugar tan especial.
La tierra se abrió lentamente, sin hacer ruido.
Ante ella apareció una pequeña cueva iluminada por una luz blanca y cálida.
Y allí estaba la Serpiente Blanca.
Pero el tesoro no era como todos imaginaban.
No había monedas antiguas ni cofres brillantes.
Había semillas listas para sembrar. Agua cristalina que parecía cantar. Plantas medicinales. Maíz dorado. Flores frescas. Pequeñas piedras luminosas que parecían latir como si tuvieran vida.
La serpiente levantó la cabeza y miró a Luna.
Sin palabras, ella entendió.
El tesoro no era para guardarlo. Era para cuidarlo.
Era el agua limpia.
Las chinampas vivas.
Los ajolotes.
Los árboles.
La vida misma de Xochimilco.
De pronto, se escucharon voces a lo lejos. Algunos hombres se acercaban. También habían visto la luz.
Luna sintió preocupación.
¿Y si querían destruirlo?
¿Y si contaminaban el agua?
La Serpiente Blanca la miró profundamente.
La luz comenzó a apagarse poco a poco.
Cuando los hombres llegaron, solo encontraron raíces, tierra húmeda y agua tranquila.
La cueva había desaparecido.
Pero Luna seguía allí, sonriendo suavemente.
Había entendido el secreto.
Desde aquel día prometió cuidar los canales, no tirar basura, enseñar a otros a respetar el agua y proteger a los ajolotes.
Y cuentan que, cuando la luna llena se refleja plateada sobre los canales de Xochimilco, todavía puede verse una silueta blanca nadando en silencio.
La Serpiente Blanca sigue vigilando.
Y sigue escuchando los corazones.
Porque el tesoro más grande no es el que se guarda en un cofre, sino el que se protege con amor.






