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La princesa y el guisante

La Princesa y el guisante

El cuento de La princesa y el guisante

Érase una vez, en un reino lejano, un joven príncipe llamado Arnau que anhelaba casarse, pero no con cualquier princesa, sino con una auténtica. Con este fin, Arnau había navegado los siete mares, escalado las montañas más altas del mundo y combatido contra los dragones más feroces. Sin embargo, a pesar de sus esfuerzos, no había encontrado la princesa que buscaba.

Las princesas que Arnau conocía durante sus viajes siempre tenían alguna peculiaridad que él consideraba un defecto. Algunas eran muy robustas, otras demasiado delgadas; algunas eran altas, otras bajas; algunas tenían la nariz grande, otras pequeña. Arnau comenzaba a desesperarse, pensando que quizás no existían verdaderas princesas en el mundo.

Después de cinco años de búsqueda infructuosa, Arnau regresó a su reino, triste y desilusionado. Decidió encerrarse en la torre más alta del castillo, donde se quedó, perdido en sus pensamientos.

Una noche tormentosa, mientras los relámpagos iluminaban el cielo y el trueno retumbaba, alguien llamó a la puerta del palacio. Los criados, asustados por la tormenta, no se atrevieron a abrir. Así que el Rey, padre de Arnau, fue él mismo a ver quién era.

Al abrir la puerta, el Rey vio a una joven princesa, completamente empapada por la lluvia. Llevaba un vestido de seda azul tejido con hilos de oro y zapatillas de cristal. Sus largas trenzas de cabello negro goteaban agua, como una fuente.

«Su majestad, soy una princesa y estoy perdida. ¿Podría pasar la noche en su palacio?», preguntó la princesa con una voz dulce.

El Rey, intrigado por su aparición y recordando el deseo de su hijo, pensó: «Vamos a ver si esta es una verdadera princesa». Invitó a la princesa a entrar y ordenó que le prepararan una habitación.

Mientras tanto, el Rey tuvo una idea para comprobar si la princesa era realmente de sangre real. Ordenó a los sirvientes que prepararan una cama con diez colchones y diez edredones. Y, en un gesto astuto, puso un pequeño guisante bajo el primer colchón.

A la mañana siguiente, el Rey visitó la habitación de la princesa y le preguntó cómo había dormido. La princesa, con ojeras y pareciendo cansada, respondió: «Muy mal, Su Majestad. Había algo duro en la cama que me impidió dormir».

El Rey sonrió, sabiendo que solo una verdadera princesa podría tener una sensibilidad tan fina como para notar un guisante bajo diez colchones. Emocionado, fue corriendo a la torre donde estaba su hijo.

«Hijo mío, he encontrado una princesa de verdad», exclamó el Rey. Arnau, sorprendido y curioso, se cambió de ropa y bajó de la torre para conocer a la princesa.

Cuando Arnau entró en la habitación, vio a la princesa. Sus ojos se encontraron, y en ese instante, ambos supieron que estaban hechos el uno para el otro.

Dos semanas después, se celebró una gran boda en el palacio. La fiesta duró una semana entera, con música, bailes y alegría. El príncipe Arnau y la princesa vivieron felices para siempre, y el guisante mágico fue enviado a un museo del reino como recuerdo de su insólito papel en su historia de amor.

Y así termina esta historia, que nos recuerda que, a veces, lo que buscamos se encuentra en los lugares y de las maneras más inesperadas. El príncipe Arnau aprendió que las verdaderas cualidades de una princesa no se encuentran en la apariencia, sino en la sensibilidad y autenticidad de su corazón. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

 

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La princesa y el guisante - Dibujo para colorear

 

Dibujo para pintar de La princesa y el guisante

FIN

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