Cuando llegó la primavera, el jardín amaneció como si alguien hubiera sacudido una cobija llena de colores: flores recién abiertas, pastito brillante y un sol tibio que hacía cosquillas en la nariz.
En un rincón, debajo de una hoja doblada como paraguas, vivía la Catarina Mira-bien, una catarina chiquita con siete puntitos negros y una idea grande: ayudar a los niños a agarrar buenos hábitos… pero siempre jugando, sin regaños y con mucha risa.
Esa mañana, mientras se acomodaba sus antenitas con las patitas, escuchó un “¡Achís!” tan fuerte que hasta una gotita de rocío tembló.
—¿Y ese estornudo de trompeta? —dijo, y salió volando hasta el caminito del patio.
Ahí estaba Pablo, con cara de sueño y las manos… bueno… un poquito pegajosas.
—Me comí un pan con mermelada —confesó Pablo—. Y ahora me pica la nariz.
La Catarina dio una vuelta en el aire, como si dibujara un círculo mágico.
—¡Hoy empieza la primavera de verdad! —anunció—. Y la primavera es el mejor momento para empezar una aventura. ¿Te gustan las misiones?
A Pablo se le abrieron los ojos.
—¿Misiones? ¿Con sorpresa?
—Con sorpresa final, mapa invisible y truquitos de catarina —dijo ella, y señaló el lavamanos del patio, donde brillaba una llave de agua—. La primera misión es convertir tus manos en manos mágicas. Si están limpias, todo lo que toques se siente mejor: tus juguetes, tus libros, las flores… y hasta tu propia cara, para que la nariz no se enoje.
Pablo acercó las manos al agua y empezó a tallarlas. La Catarina movía las alitas como si dirigiera una orquesta.
—Como si estuvieras pintando un arcoíris: palma, dorso, entre los dedos y… muy importante… las uñas, porque ahí se esconden los bichitos más traviesos.
Pablo se enjuagó y se sacudió las manos.
—¡Listo! Siento que mis dedos están ligeritos.
—Eso pasa cuando las manos se vuelven mágicas —sonrió la Catarina—. Ahora vamos a la siguiente parte de la aventura.
Justo en ese momento, la brisa de primavera sopló por el patio y empujó una pelota, levantó una hoja del cuaderno… y hizo volar un calcetín que quedó colgando de una silla, como bandera.
Pablo se puso rojo.
—Ese… es mío.
La Catarina se posó sobre el calcetín con cara seria, pero con ojitos juguetones.
—La primavera trae aire fresco, y al aire fresco le gusta tener espacio para pasar. Si tu rinconcito está ordenado, encuentras las cosas más rápido, tienes más lugar para jugar y tu cabeza se siente más tranquila. ¿Qué dices si hacemos que el patio respire?
Pablo empezó a recoger. Primero el calcetín, luego la pelota, luego el cuaderno. Sin darse cuenta, fue dejando cada cosa en su lugar. Cuando terminó, se quedó mirando como si algo hubiera cambiado de verdad.
—Se ve… más bonito —dijo—. Como que todo está más calmado.
—Exacto —respondió la Catarina—. Cuando ordenamos por fuera, por dentro también nos queda espacio para pensar y reír.
A Pablo le rugió la pancita y vio una canastita con frutas sobre la mesa. Agarró una fresa enorme.
—¡La primavera sabe a fresa! —dijo, y le dio una mordida feliz.
La Catarina ya lo tenía planeado. Voló hasta un vasito con un cepillo de dientes que Pablo había dejado ahí después de usarlo por la mañana.
—Las fresas son una fiesta —dijo ella—, pero después de la fiesta, los dientes necesitan que pase el trenecito del cepillo.
Pablo hizo una mueca divertida.
—¿Otra misión?
—Una rapidita. Dos minutos. Imagina que tu cepillo es un tren que visita todas las estaciones: adelante, atrás, arriba, abajo… sin saltarse ninguna.
Pablo se cepilló con cuidado. Cuando terminó, mostró la sonrisa como si fuera medalla.
—¡Mira! —dijo.
—Brilla como gotitas de rocío —celebró la Catarina—. Así se cuida un súper héroe de primavera.
Volvieron al patio y, desde el árbol, una manzana roja se balanceó como si aplaudiera con las hojitas. Era Manzana Manzanita, que siempre estaba contenta y le gustaba meter conversación.
—¡Buenos días! —canturreó—. ¿A quién se le antoja comer colores?
Pablo parpadeó.
—¿Colores?
La Catarina se acomodó sobre una piedrita, como maestra de cuento.
—Los colores en el plato son como un equipo. Entre más colores, más fuerzas para correr, pensar, jugar y descansar. Verde, naranja, amarillo, rojo… Cada color trae algo bueno.
Pablo miró la canasta y el refri del patio (porque ese patio era muy especial). Se imaginó un plato como un pequeño jardín.
—Entonces quiero rojo… como fresa. Verde… como pepino o aguacate. Y amarillo… como plátano o mango.
Manzana Manzanita se puso tan contenta que casi se le sale una risita.
—¡Eso sí es un plato de primavera! —dijo.
Pablo ya se sentía invencible, así que empezó a correr de un lado a otro como si tuviera resortes en los tenis.
La Catarina lo miró y levantó una alita, despacito.
—Te falta la misión más importante.
Pablo frenó.
—¿Cuál?
La Catarina lo llevó bajo la sombra del árbol, donde el aire olía a flores nuevas y la tierra estaba suavecita.
—Un minuto de calma —susurró—. La primavera crece poquito a poquito. Nosotros también. Cierra los ojos y escucha: el viento, los pajaritos, tu respiración…
Pablo cerró los ojos. Oyó una abeja pasar haciendo “bzzzz”, una hoja moverse, y su propio corazón, tranquilo, como tambor bajito. Inhaló… exhaló… una vez… dos… tres…
Cuando abrió los ojos, lo hizo despacio, como si regresara de un viaje bonito.
—Se siente raro… pero bonito —dijo—. Como si me hubiera acomodado por dentro.
—Eso hace la calma —sonrió la Catarina—. Y cuando tienes calma, es más fácil todo: ordenar, cuidar tus dientes, comer bien, lavarte las manos… y también pedir ayuda si algo te sale difícil.
Pablo asintió, muy serio, como si entendiera un secreto.
Entonces la Catarina Mira-bien sacó algo tan chiquito que casi parecía una miguita: una semilla.
—Esta es la sorpresa final —dijo—. Por cada misión que hiciste hoy, esta semilla se va a poner más fuerte. ¿Quieres plantarla?
Pablo hizo un hoyito en la tierra con el dedo, con muchísimo cuidado, como si preparara una camita para algo importante. Puso la semilla, la tapó suave y le dio unas palmaditas.
—¿Cómo se va a llamar? —preguntó la Catarina.
Pablo miró el montoncito de tierra como si ya viera una plantita asomándose.
—La Plantita de los Buenos Hábitos.
La Catarina aleteó contenta.
—Cada día que te laves las manos, ordenes un poquito, te cepilles los dientes, comas colores y hagas tu minuto de calma… la plantita va a crecer. Y si algún día se te olvida, no pasa nada. La primavera siempre vuelve… y tú también puedes empezar de nuevo.
Pablo se quedó en silencio un momento, viendo el patio limpio, la sombra del árbol y esa tierra donde ahora vivía una semilla con nombre. Luego sonrió con una alegría tranquila.
—Mañana… quiero más misiones.
La Catarina Mira-bien se rió bajito, porque sabía algo que solo las catarinas saben: cuando los hábitos se vuelven juego, crecen como flores… sin prisa, pero todos los días un poquito más.









