Hace muchos siglos, cuando el frío del invierno cubría las montañas de blanco y los caminos eran vigilados por caballeros, existía un pequeño asentamiento en lo alto de una colina de Teruel.
Alrededor solo había bosques espesos de pinos, encinas y sabinas. Los ciervos cruzaban los claros al amanecer y el viento silbaba entre las ramas.
En lo alto de la colina se levantaba una fortaleza sencilla, hecha de piedra firme. No era muy grande, pero desde allí se veía todo el valle.
Corría el siglo XIII cuando varias familias llegaron buscando protección. Las montañas eran hermosas, pero también solitarias. Necesitaban un lugar seguro donde vivir.
Construyeron sus casas al abrigo del castillo. Cultivaron pequeños huertos y cuidaron rebaños de ovejas. En invierno se reunían junto al fuego para contar historias mientras fuera caía la nieve.
Con el tiempo, el lugar empezó a crecer.
—Necesitamos un nombre —dijo un día el maestro cantero mientras descansaba junto al pozo.
Algunos proponían llamarlo simplemente La Fortaleza, por el castillo que los protegía.
Otros querían llamarlo El Bosque, porque la selva —como entonces llamaban a los montes espesos— lo rodeaba por completo.
La discusión duró varias tardes.
Hasta que el alcalde del pequeño asentamiento, un hombre justo y respetado, propuso algo sencillo:
—Nuestro hogar tiene dos almas: la del castillo que nos defiende y la del bosque que nos alimenta y nos da leña y caza. Que el nombre recuerde ambas cosas.
Así decidieron llamarlo Alcalá de la Selva.
“Alcalá”, por la fortaleza en lo alto.
“De la Selva”, por los montes espesos que lo abrazaban.
Con el paso de los siglos, el castillo resistió tormentas y guerras. Las casas crecieron alrededor de la iglesia, y las tradiciones se mantuvieron vivas: las fiestas patronales en verano, las hogueras en invierno y las romerías entre pinares.
Dicen que, cuando cae la tarde y el sol pinta de naranja las montañas, la silueta del castillo parece vigilar aún el bosque.
Y si uno escucha con atención, el viento que atraviesa los pinos parece repetir el nombre del pueblo, recordando que nació de la unión entre la piedra y la naturaleza.
Porque a veces los lugares más especiales surgen cuando las personas entienden que fuerza y naturaleza pueden caminar juntas.






