mañana se despertaba con ilusión porque sabía que en el colegio aprendería algo nuevo. Para él, cada día era una pequeña aventura llena de descubrimientos.
El lunes aprendió los números. Mientras la profesora señalaba la pizarra, Ian levantaba sus deditos y contaba en voz alta, muy concentrado. Cuando llegó a casa siguió contando todo lo que veía: los escalones, los coches que pasaban por la calle y hasta las galletas de la merienda. Se sentía orgulloso porque había descubierto que los números estaban en todas partes.
El martes fue un día lleno de colores. En clase mezclaron pinturas y, casi como si fuera magia, Ian vio cómo del azul y el amarillo aparecía el verde. Sus ojos brillaban de emoción mientras pintaba un gran arcoíris en su hoja. Entendió que probar cosas nuevas podía traer resultados sorprendentes y hermosos.
El miércoles plantaron una pequeña semilla en una maceta. Ian la colocó con cuidado bajo la tierra y la regó suavemente. Cada mañana se acercaba a mirarla, esperando ver algún cambio. Cuando por fin asomó un pequeño brote verde, sintió una alegría inmensa y comprendió que la paciencia y el cariño ayudan a crecer, igual que a las plantas.
El jueves la clase se llenó de música. Cantaron canciones alegres y acompañaron el ritmo con palmas y pequeños instrumentos. Ian descubrió que la música podía hacerle sentir feliz y valiente al mismo tiempo. Cantó con tanta energía que terminó riendo junto a sus compañeros.

Así, Ian aprendía cada día algo nuevo en el colegio. Y cada noche, antes de dormir, pensaba emocionado en lo que descubriría al día siguiente, porque sabía que aprender es la aventura más bonita que existe.










