En un pequeño pueblo tranquilo, rodeado de campos de trigo dorado y prados llenos de flores silvestres, vivía una madre con tres hijos. Los dos mayores se llamaban Pedro y Juan, mientras que el más pequeño era conocido como Garbancito, por su diminuto tamaño. Pero aunque era el más chico, Garbancito tenía una mente ágil y era el más valiente de los tres hermanos, siempre encontrando soluciones a cualquier problema que surgiera.
Una mañana de verano, su madre les pidió que fueran al bosque a recoger leña para poder encender el fuego y preparar la comida. Con el sol brillando en lo alto, los tres hermanos se alistaron para su misión. Pedro, Juan y Garbancito tomaron sus mochilas y comenzaron a caminar por el sendero que conducía al bosque, un camino que conocían bien.
Durante el trayecto, Pedro y Juan comenzaron a burlarse de su hermano menor.
—Garbancito, ¿estás seguro de que podrás llegar hasta el bosque? ¿No eres demasiado pequeño para este trabajo? —dijo Pedro con una sonrisa burlona.
Juan, siguiendo el ejemplo de su hermano, añadió:
—Tal vez deberías volver con mamá y dejarnos a nosotros encargarnos de la leña.
Pero Garbancito, lejos de sentirse intimidado, les sonrió con seguridad.
—No se preocupen por mí. Puede que sea pequeño, pero puedo hacer lo mismo que ustedes y más.
Con estas palabras, siguió caminando con la cabeza en alto, sin dejarse afectar por las burlas.
Cuando llegaron al bosque, el paisaje empezó a cambiar. Los árboles eran más altos y frondosos, y la luz del sol se filtraba entre las hojas, creando sombras danzarinas en el suelo. Los tres hermanos comenzaron a recoger leña, pero a medida que se adentraban más en el bosque, los caminos se volvían más oscuros y enredados. El viento susurraba entre las ramas, haciendo que pareciera que el bosque tenía vida propia.
De repente, vieron una vieja casa en medio del bosque. Sus paredes de madera estaban desgastadas y una pequeña ventana dejaba entrever una tenue luz en el interior. La casa parecía misteriosa y fuera de lugar en medio de aquel espeso bosque. La curiosidad de los hermanos aumentó y se acercaron a investigar. Garbancito, más prudente que sus hermanos, advirtió:
—Tal vez deberíamos tocar antes de entrar. No sabemos quién vive aquí.
Pero Pedro y Juan, impacientes, se rieron de su preocupación.
—¡Eres demasiado miedoso, Garbancito! No hay nada que temer. ¡Nosotros mandamos en este bosque! —dijo Juan, empujando la puerta sin dudar.
Dentro de la casa, encontraron una mesa puesta con pan, queso y una jarra de agua fresca, como si alguien hubiera preparado la comida. Sin pensarlo dos veces, Pedro y Juan se lanzaron sobre la comida y empezaron a devorarla sin considerar de dónde venía ni a quién pertenecía.
Mientras tanto, Garbancito sintió una creciente inquietud. Algo no le cuadraba. De repente, oyó un ruido fuera de la casa. Se acercó a la ventana y vio una figura que avanzaba lentamente entre los árboles. Era una anciana de aspecto extraño y mirada penetrante. Su cabello era blanco como la nieve, pero sus ojos brillaban con un aire malvado. Garbancito comprendió de inmediato que aquella mujer no era una simple anciana, sino… ¡una bruja!
Con el corazón latiendo acelerado, Garbancito se giró hacia sus hermanos y gritó:
—¡Corran, escóndanse! ¡Viene una bruja!
Pero Pedro y Juan, con la boca llena de pan y queso, volvieron a reírse de él.
—No seas tan asustadizo, Garbancito. ¡Aquí no hay ninguna bruja!
Sin embargo, sus risas se detuvieron en seco cuando la puerta se abrió con un crujido. Allí, en la entrada, la bruja los observaba con una sonrisa maliciosa.
—¿Qué hacen en mi casa? —preguntó con una voz grave y amenazante.
Los hermanos mayores se quedaron paralizados por el miedo, con las manos aún sosteniendo trozos de pan. Pero Garbancito, a pesar del temor, mantuvo la calma. Sabía que en ese momento no podía dejarse llevar por el pánico. Con voz firme, dijo:
—Lo sentimos mucho, señora. Entramos buscando refugio, pero no queríamos causar ningún problema. Ya nos íbamos.
La bruja, con los ojos brillantes de astucia, rió con una mezcla de burla y satisfacción.
—Ya que están aquí, no pueden marcharse sin antes jugar un pequeño juego conmigo —dijo, frotándose las manos.
Pedro y Juan se miraron desconcertados, pero sabían que no tenían otra opción que aceptar.
—Si pueden resolver mi acertijo —continuó la bruja—, los dejaré ir. Pero si no… ¡los convertiré en sopa!
El acertijo era el siguiente:
—Tengo teclas, pero no cerraduras; espacios, pero no habitaciones; puedes abrirme, pero no cerrarme. ¿Qué soy?
Pedro y Juan se miraron perplejos, sin saber qué responder. El tiempo pasaba y sus rostros se volvían más pálidos. Pero Garbancito, con una sonrisa confiada, dijo:
—¡Es un teclado!
La bruja, sorprendida por la rapidez de su respuesta, miró a Garbancito con admiración.
—Has ganado —dijo con frustración—. Pueden irse, pero no vuelvan nunca más.
Los tres hermanos salieron corriendo de la casa lo más rápido que pudieron, con el corazón todavía latiendo por la tensión. Cuando llegaron a casa, su madre los recibió con los brazos abiertos, sin sospechar la peligrosa aventura que habían vivido.
Pedro y Juan, por primera vez, miraron a su hermano menor con respeto y admiración.
—Garbancito, eres el más valiente de todos nosotros —admitió Juan con humildad.
Desde aquel día, Pedro y Juan dejaron de burlarse de Garbancito y lo trataron como el héroe que realmente era. Y así, Garbancito siguió viviendo aventuras con sus hermanos, demostrando que la verdadera valentía no tiene que ver con el tamaño, sino con el corazón y el ingenio.