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Kim y las olas

Kim y las olas

El cuento de Kim y las olas

En un pequeño pueblo costero, rodeado de playas de arena dorada y aguas azules como el cielo, vivía un niño llamado Kim. Kim tenía cinco años y era un gran amante del surf. Desde que aprendió a caminar, no había pasado un solo día sin acercarse al océano para deslizarse sobre las olas con su tabla de surf.

A pesar de su juventud, Kim ya había aprendido mucho sobre el mar. Conocía cada ola, sabía cómo escuchar los susurros del viento y podía predecir el movimiento del agua con solo observarla. Sin embargo, había algo que todavía le costaba controlar: los nervios.

Cada vez que se preparaba para una sesión de surf, Kim sentía un torbellino de emociones en el estómago. Su corazón latía rápido, sus manos sudaban y sus piernas temblaban levemente. Eran los nervios antes de lanzarse al agua. Pero Kim sabía que debía superarlos si quería disfrutar del surf.

Una mañana radiante, cuando el sol comenzaba a iluminar el mar, Kim decidió que era el momento de vencer sus miedos. Tomó su tabla de surf y se dirigió a la playa, con los nervios revoloteando a su alrededor como mariposas inquietas.

Al llegar a la orilla, vio unas olas impresionantes en el horizonte. Eran grandes y poderosas, como si lo desafiaran. Sus nervios se intensificaron, pero respiró hondo y recordó el consejo de su abuelo: «Cuando te sientas nervioso, imagina que eres una hoja flotando en el agua, dejando que las olas te lleven».

Con ese pensamiento tranquilizador, Kim entró al mar. Sintió cómo las olas lo mecían, pero permaneció sereno. Se dejó llevar por la marea, observando con admiración cómo las olas se formaban y desaparecían a su alrededor.

De repente, una ola enorme se alzó ante él. Era la más grande que había visto nunca. Sus nervios resurgieron, haciéndole dudar de si sería capaz de deslizarse sobre ella. Pero entonces recordó otra enseñanza de su abuelo: «Cuando enfrentes un desafío, respira profundo y confía en ti mismo».

Con renovada confianza, Kim remó con fuerza hacia la ola. Sintió cómo su tabla se elevaba sobre la cresta y descendía con una sensación de libertad indescriptible. Sus nervios se desvanecieron como la cera ante una llama.

Después de aquella experiencia, Kim comprendió que los nervios no eran sus enemigos, sino aliados que le recordaban la importancia de los retos y la satisfacción de superarlos. Desde entonces, cada vez que sentía nervios antes de surfear, respiraba profundo y confiaba en sí mismo, sabiendo que las olas de la incertidumbre podían llevarlo a lugares increíbles.

Así, Kim continuó explorando los secretos del océano, con el corazón lleno de emoción y los nervios como compañeros inseparables, recordándole que la aventura es solo una ola más por conquistar.

FIN

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