Érase una vez, en un pequeño pueblo llamado Bruc, situado a los pies de la montaña de Montserrat, vivía un joven llamado Isidre. Conocido por todos como el tamborilero del Bruc, Isidre era un joven alto, de cabello castaño y ojos brillantes que reflejaban un espíritu aventurero. En aquellos días, Cataluña estaba bajo la amenaza de las tropas napoleónicas, que intentaban conquistar España.
Una mañana soleada de junio de 1808, mientras Isidre tocaba el tambor en la plaza del pueblo, llegó un mensajero con noticias inquietantes: un gran ejército francés se dirigía hacia Bruc. Los vecinos del pueblo se reunieron en la iglesia para decidir qué hacer. El párroco, mossèn Joan, un hombre anciano con una voz firme, dijo: «De nuestra tierra y nuestra libertad. No podemos permitir que los franceses nos pisoteen.»
Isidre, al escuchar las palabras del mossèn Joan, sintió un profundo sentido de responsabilidad. Levantó la mano y dijo: «Yo ayudaré a defender el pueblo. Puedo usar mi tambor para confundir y asustar a los franceses.» Inspirado por la valentía de Isidre, el pueblo decidió organizarse para resistir el ataque.
En los días siguientes, mientras los franceses se acercaban, los habitantes del Bruc prepararon sus defensas. Escondieron piedras y troncos en los caminos y prepararon emboscadas en las montañas. Isidre, con su tambor, se posicionó en un punto estratégico desde donde podía ver el avance del ejército enemigo.
Cuando los franceses llegaron, comenzó la batalla. Los sonidos de los tambores de Isidre resonaban por las montañas, creando un eco que hacía parecer que un gran ejército catalán les esperaba. Los soldados franceses, desconcertados por los sonidos poderosos y la resistencia inesperada, comenzaron a retroceder. Isidre, viendo esto, tocó el tambor con más fuerza, alentando a sus compañeros a luchar con mayor valentía.
Durante horas, la batalla se intensificó, pero los habitantes del Bruc, liderados por el sonido del tambor de Isidre, lograron resistir el ataque francés. Los franceses, creyendo que se enfrentaban a un ejército mucho mayor, decidieron retirarse. El pueblo del Bruc celebró su victoria, y Isidre fue proclamado héroe.
Después de esta batalla, la leyenda de Isidre, el tamborilero del Bruc, se extendió por toda Cataluña. Se decía que un solo joven con un tambor había logrado derrotar a un poderoso ejército francés. Su historia inspiró a muchos catalanes a luchar por su libertad y fue recordada como un símbolo de valentía y astucia.
Con el paso del tiempo, la figura de Isidre, el tamborilero del Bruc, se convirtió en una leyenda, una historia que se cuenta de generación en generación. Su hazaña quedó grabada en la memoria colectiva como un ejemplo del coraje y el ingenio del pueblo catalán frente a la adversidad. Así, Isidre y su tambor pasaron a la historia, no solo como símbolos de victoria en una batalla, sino como emblemas de la identidad y la resistencia catalana.
Y así termina la leyenda de Isidre, el tamborilero del Bruc, un relato que aún inspira generaciones de catalanes, recordándoles el valor de la lucha por la libertad y la importancia de mantener vivo el espíritu de resistencia frente a las dificultades. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.