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El partido más importante

El partido más importante - cuento de baloncesto

El cuento de El partido más importante

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Tomás tenía 10 años y lo que más le gustaba en el mundo era jugar al básquet. No había día que no agarrara la pelota, aunque fuera diez minutos, para picarla en la vereda o tirar al aro oxidado del club del barrio.

El sonido de la pelota contra el cemento —poc, poc, poc— le parecía el mejor sonido del mundo.

Jugaba en el equipo del Club Social y Deportivo del barrio. Era rápido y tenía buena puntería, pero a veces se embalaba demasiado. Cuando le pasaban la pelota, casi siempre quería definir él, aunque hubiera un compañero mejor parado.

Un jueves en el entrenamiento, mientras jugaban un partido corto, Tomás intentó tres tiros seguidos… y erró los tres. Mateo estaba solo debajo del aro, con las manos listas para recibir el pase, pero la pelota nunca llegó.

El profe Diego silbó fuerte.

—Tomy —dijo con calma—, querer ganar está buenísimo. Pero jugar bien no siempre es tirar vos.

Tomás sintió que se le encendían las orejas. No le gustaba equivocarse, y menos delante de todo el equipo. Bajó la mirada y asintió.

Ese sábado tenían un partido importante contra el club del barrio vecino. En la tribuna había familias con mate en mano, abuelos con boinas y chicos más chicos colgados del alambrado alentando.

El partido fue parejo desde el principio. Cada doble valía oro. Faltaba menos de un minuto y estaban empatados.

Tomás recibió la pelota en la mitad de la cancha. Un rival más alto lo marcaba muy de cerca. Podía intentar un tiro difícil. Sintió esa urgencia de siempre, esa vocecita que le decía: “¡Tirá ya!”

Pero levantó la cabeza.

Vio a Sofía sola cerca de la línea de tiro libre. Nadie la estaba marcando.

Por un segundo, el tiempo se frenó.

Si fallaba el pase, podían perder la pelota.
Si tiraba él y erraba, también.

Respiró hondo.

—Dale —susurró.

Y pasó la pelota.

Sofía la recibió firme y lanzó. La pelota pegó suave contra el tablero… y entró limpia por el aro.

¡Doble!

La tribuna explotó. Se escucharon aplausos, silbidos de festejo y algún “¡Vamos, carajo!” que hizo reír al equipo.

Sus compañeros corrieron a abrazar a Sofía… y después a Tomás.

—¡Qué pase, loco! —le dijo Mateo chocándole la mano.

Tomás no había hecho el último tiro, pero se sentía más feliz que nunca. Había tomado la decisión correcta. Había jugado para el equipo.

Cuando sonó la chicharra final y ganaron por dos puntos, todos saltaron en el medio de la cancha, entre risas y abrazos.

Esa tarde, mientras volvía caminando a su casa con la pelota bajo el brazo y el cielo anaranjado sobre el barrio, Tomás pensaba que había aprendido algo importante.

Ser buen jugador no es solo meter puntos o hacer jugadas lindas. Es mirar alrededor, confiar en los demás y entender que nadie gana solo.

Dejó la pelota en el suelo y la hizo picar una vez más.

Poc.

Y sonrió.

Porque supo que, aunque no había sido el que convirtió el último doble, ese había sido —de verdad— su mejor partido.

FIN

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