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El juego de las pistas

El juego de las pistas - cuento inclusivo

El cuento de El juego de las pistas

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Cuando comenzó la primavera en Bogotá, en la escuela del barrio decidieron hacer una feria pequeña en el patio. No era una feria para vender cosas, sino una feria de juegos inventados por los niños y niñas de cada salón.

En el salón de Sofía, todos hablaban al mismo tiempo.

—¡Podemos hacer una carrera! —dijo Juan.

—¡Un laberinto! —gritó María.

—¡Un concurso de saltos! —exclamó Braulio, que ya estaba brincando antes de que alguien dijera que sí.

Amira, que siempre observaba antes de hablar, levantó la mano.

—Si hacemos una carrera o un concurso de saltos, no todos podremos jugar igual.

Todos se quedaron un momento en silencio.

Entonces Sofía miró a su amiga Lucía, que iba en silla de ruedas y estaba girando un lápiz entre los dedos como si fuera un pequeño molino.

—Es cierto —dijo Sofía—. Y queremos un juego en el que todos puedan participar.

Lucía sonrió.

—A mí me encantan los juegos de pistas.

Los ojos de la clase se iluminaron de golpe.

—¡Un juego de pistas! —repetieron algunos.

Pablo, que llevaba dos audífonos azules y era excelente encontrando detalles que a otros se les escapaban, agregó:

—Podemos hacer pistas de distintos tipos. Algunas para leer, otras para escuchar, otras para mirar con atención…

—¡Y algunas para tocar! —dijo María emocionada—. ¡Con texturas!

La profesora, que escuchaba desde la pizarra con una sonrisa que decía “esto promete”, dijo:

—Eso sí que suena a una gran idea de clase. Si quieren, puedo ayudarles a organizarla.

Durante toda la semana, trabajaron como un grupo de pequeños inventores. Decidieron que el juego se llamaría La caja de las pistas de colores, porque cada pista tendría un color diferente y se podría resolver de distintas formas.

La pista verde sería una imagen con detalles escondidos.
La azul sería un audio corto grabado en la tableta.
La amarilla tendría un acertijo escrito con letra grande y también con pictogramas.
La roja tendría formas para tocar dentro de una bolsa de tela.
La lila mostraría algunas palabras en lengua de señas dibujadas, porque en clase habían aprendido unos cuantos signos y a Sara le encantaba practicarlos.

—¡Esto es muy bonito! —dijo Juan, pegando una flecha al cartón—. Pero… ¿y si la gente no sabe cómo empezar?

—Podemos poner un cartel con instrucciones claras —dijo Amira—. Cortas y con dibujos.

—¡Y con alguien al principio para explicarlo! —dijo Sofía.

—Yo puedo estar un rato —dijo Lucía—. Y si el recorrido del patio pasa por la rampa, mejor.

—No “si pasa” —dijo Pablo—. Tiene que pasar por ahí. Si no, lo cambiamos.

Lucía lo miró y dio un pequeño golpe con la mano al reposabrazos, como cuando alguien dice justo lo que tocaba.

El día de la feria llegó con un sol brillante y un poco de viento que hacía volar las cintas de colores. En el patio había puestos con juegos de puntería, cuentos, dibujos y construcciones. El salón de Sofía había decorado su mesa con círculos de papel y una caja grande pintada como un arcoíris.

En el cartel decía, con letras grandes y dibujos al lado: Elige una pista. Resuélvela en equipo. Busca la siguiente.

La primera en probar el juego fue la clase de los más pequeños. Un niño tomó la pista azul y la acercó demasiado a la oreja, pero no se escuchaba nada.

—¡No funciona! —dijo.

Pablo se acercó.

—Espera, tienes que ponerlo aquí —dijo señalando el botón—. Y si quieres, también puedes usar este papel que explica el audio.

—¡Ah! —exclamó el niño—. ¿Puedo hacer las dos cosas?

—Sí, claro —dijo Pablo—. De eso se trata el juego.

Una niña eligió la pista roja y metió la mano en la bolsa de tela.

—¡Siento algo puntiagudo… no, espera… es una estrella! —dijo toda contenta.

Lucía, a su lado, le preguntó:

—¿Cuántas puntas tiene?

La niña volvió a tocarla, concentrada.

—¡Cinco!

—Entonces mira debajo del banco con cinco tablillas —dijo Lucía guiñando un ojo.

Corrieron hacia allá riendo.

Pasado un rato, se formó una fila. Algunos equipos resolvían las pistas muy rápido; otros se tomaban más tiempo. Había quienes preferían leer, quienes preferían escuchar, quienes disfrutaban tocando las formas o buscando dibujos. Todos, de alguna manera, encontraban su momento para decir:

—¡Lo tengo!

Cuando llegó el turno de un grupo de niños mayores, uno de ellos miró la pista con lengua de señas y frunció el ceño.

—Esto es difícil.

Sara, que estaba al lado de la mesa, sonrió:

—Te enseño una pista. Mira, este signo significa “árbol” —dijo haciendo el gesto despacio.

El niño lo imitó, primero torpemente, luego mejor.

—¡Árbol…! ¿Entonces tenemos que buscar el árbol del patio?

—Quizá sí… o quizá no —dijo Sara divertida—. Mira también el dibujo.

Se alejaron pensando y riendo, repitiendo el signo de “árbol” entre ellos.

A media mañana, una ráfaga de viento fuerte hizo volar dos tarjetas amarillas y las dejó debajo de la fuente. Braulio salió corriendo detrás de ellas.

—¡Las agarro! ¡Las agarro!

Pero una se le escapó y quedó atrapada en un charco pequeño. Antes de que empezara a quejarse, Amira ya había sacado una pinza de la caja de materiales.

—Con esto —dijo, como si tuviera la solución desde hace siglos.

—¿Por qué traes una pinza en el bolsillo? —preguntó Juan.

—Porque nunca se sabe —respondió ella, y todos se rieron.

Secaron la tarjeta, la volvieron a pegar y el juego continuó.

Cuando la feria terminó, el salón estaba cansado pero feliz. Tenían las manos llenas de pegamento, brillantina en las mangas y las mejillas calientes de tanto correr y hablar. Se sentaron en círculo en el patio, mientras algunas hojas nuevas de los árboles se movían suavemente sobre ellos.

La profesora les preguntó:

—¿Qué fue lo que más les gustó?

—Que todos podían jugar —dijo Sofía.

—Que había muchas formas de resolver lo mismo —dijo Pablo.

—Que los más pequeños aprendieron signos —dijo Sara orgullosa.

—Que la rampa formaba parte del recorrido y no era un extra —dijo Lucía.

—Que cuando una pista se mojó, lo arreglamos juntos —dijo Amira.

Braulio levantó la mano bien derecha.

—A mí me gustó que el juego no era “quién va más rápido”, sino “cómo lo hacemos”.

La profesora asintió.

—Lo que hicieron hoy es muy importante. Pensaron un juego divertido, sí. Pero también pensaron en los demás. Y cuando hacemos eso, todo sale mejor.

Lucía miró la caja de colores, un poco arrugada de tanto abrirla y cerrarla, y dijo:

—El próximo año podemos hacer otra… pero con pistas nuevas.

—¡Sííí! —gritaron todos.

—¡Una de noche con linternas! —dijo Juan.

—¡Una con olores! —dijo María.

—Y una pista imposible… pero solo una —dijo Pablo riendo.

Comenzaron a recoger, aún comentando ideas, mientras el patio se vaciaba poco a poco. Y aquel día, sin hacer un gran discurso, todos aprendieron algo que les quedó adentro: un juego es más bonito cuando todos caben, y pensar en los demás no quita diversión… ¡la multiplica!

Y así quedó la caja de colores, con pistas que dieron juego muchos días más.

FIN

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