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El jardín de los corazones diferentes

El jardín de los corazones diferentes

El cuento de El jardín de los corazones diferentes

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Luciana tenía cuatro años y unos ojitos curiosos que siempre querían descubrir cosas nuevas. Le encantaba jugar en la plazuela del barrio, escuchar cuentos antes de dormir y dar abrazos largos, de esos que hacen sentir calentito el corazón. Pero a veces, Luciana no entendía por qué no todas las personas eran iguales.

Una mañana soleada, mientras paseaba con su familia después de comer un rico almuerzo, vio algo muy extraño: una puertita pequeña y colorida, escondida detrás de un árbol grande, como los que crecen en los parques de Lima y de muchos pueblos del Perú. En la puerta había un letrero que decía:

“Bienvenidos al jardín de los corazones diferentes”

Luciana, sin pensarlo dos veces, abrió la puerta… y entró a un mundo mágico.

Dentro del jardín había flores de todos los tamaños y colores. Algunas parecían flores de la sierra, fuertes y resistentes; otras eran pequeñas y delicadas, como las que crecen cerca del mar. Unas necesitaban mucha agua y sol, y otras crecían tranquilas con muy poquito.

—¿Por qué no son todas iguales? —preguntó Luciana con curiosidad.

Entonces, una flor morada le respondió con una voz suave:
—Porque si todas fuéramos iguales, el jardín sería muy aburrido. Las diferencias nos hacen especiales.

Más adelante, Luciana escuchó risas. Vio a un grupo de niños y niñas jugando, pero no todos jugaban de la misma manera. Algunos corrían rapidísimo, otros caminaban despacito. Un niño no hablaba mucho, pero se comunicaba con gestos y sonrisas. Una niña usaba lentes grandes y otro escuchaba con unos aparatitos en las orejas.

Luciana quería jugar con ellos, pero sintió un poquito de miedo.
—No sé si sabré jugar como ellos… —pensó.

De pronto, una niña se acercó, le tomó la mano y le dijo:
—¿Quieres jugar con nosotros?

Empezaron a jugar pasándose un corazón de tela roja, suave como una chalina tejida a mano. No hacía falta correr ni hablar mucho; solo pasar el corazón con cuidado y mirarse con cariño.

De repente, el corazón se cayó al suelo y se rompió un poquito.

Todos se quedaron en silencio.

—Ay no… —dijo Luciana—. ¿Y ahora qué hacemos?

Un niño sonrió y dijo:
—Cuando un corazón se rompe, la mejor medicina es el amor.

Entonces, cada niño ayudó a su manera: uno cosió el corazón, otro lo limpió con cuidado, una niña le dio un abrazo fuerte y Luciana le dio un besito. El corazón quedó como nuevo… ¡y todavía más fuerte que antes!

En ese momento, el jardín empezó a brillar. Las flores se movían con el viento como si bailaran, y una voz dulce dijo:

—Han aprendido la lección del jardín:
todos somos diferentes, pero todos necesitamos amar y ser amados.

Luciana sonrió muy feliz. Cuando regresó a casa, sabía que nunca olvidaría ese jardín tan especial.

Y desde ese día, cada vez que veía a alguien diferente, recordaba el jardín de los corazones diferentes…
y abría su corazón con amor.

Colorín colorado, este cuento se ha acabado.

FIN

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