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El conejo en la luna

El conejo en la luna - Cuento de Mexico

El cuento de El conejo en la luna

Hace muchos años, cuando el mundo aún estaba lleno de dioses y seres mágicos, Quetzalcóatl, la Serpiente Emplumada, decidió viajar por la Tierra en forma humana. Quería conocer de cerca a los hombres y los animales, entender sus vidas y aprender de ellos.

Disfrazado de un simple viajero, caminó por montañas, ríos y valles, maravillándose con la belleza del mundo. Sin embargo, su viaje fue largo y agotador. Cuando el sol comenzó a ocultarse en el horizonte y el cielo se tiñó de rojo y naranja, Quetzalcóatl sintió un profundo cansancio. Sus pies dolían y su estómago rugía de hambre, pero no tenía nada para comer.

Buscó un lugar para descansar y encontró una gran roca bajo un árbol frondoso. Se sentó allí, contemplando el cielo mientras la luna comenzaba a asomarse tímidamente.

De repente, entre la hierba, escuchó un suave crujido. Al voltear, vio a un pequeño conejo de pelaje blanco y esponjoso que masticaba unas hojitas con tranquilidad.

El conejo notó la mirada cansada del viajero y, con curiosidad, se acercó dando pequeños saltos.

— Buenas noches, amigo —dijo el conejo con una voz dulce—. Pareces muy cansado. ¿Necesitas ayuda?

Quetzalcóatl sonrió ante la bondad del pequeño animal y respondió con voz amable:

— He viajado durante todo el día y estoy muy cansado. Tengo hambre, pero no tengo nada para comer.

El conejo miró a su alrededor y vio que solo tenía las hierbas con las que se alimentaba cada noche. Reflexionó por un momento y luego, con determinación, le dijo al viajero:

— Yo solo como estas hierbas, pero no creo que te gusten. Si tienes hambre, puedes comerme a mí.

Quetzalcóatl se sorprendió al escuchar esas palabras. Miró al pequeño conejo, que lo observaba con ojos llenos de bondad y entrega, sin miedo ni dudas.

El dios quedó conmovido. Jamás había conocido un ser tan generoso, dispuesto a sacrificarse por otro sin esperar nada a cambio.

— Pequeño conejo, tu corazón es noble y tu alma brilla más que cualquier estrella en el cielo —dijo Quetzalcóatl conmovido—. No te comeré, pero quiero que tu bondad sea recordada por siempre.

Entonces, Quetzalcóatl tomó con suavidad al conejo entre sus manos y, con su poder divino, se elevó hacia el cielo nocturno. Subió tan alto que llegó hasta la luna, y con un movimiento mágico, estampó la figura del conejo en su superficie.

— A partir de hoy —dijo el dios—, todos los seres de la Tierra verán tu imagen en la luna y recordarán tu generosidad.

Cuando Quetzalcóatl descendió nuevamente, el conejo seguía en el suelo, sano y salvo, mirando con asombro su propia silueta dibujada en la luna brillante.

Desde entonces, cada vez que la luna llena ilumina el cielo, los hombres y mujeres pueden ver la figura del conejo, recordando que la verdadera grandeza no está en la fuerza ni en la riqueza, sino en la bondad y el amor por los demás.

FIN

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