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Clara y Trasgu

Clara y Trasgu

El cuento de Clara y Trasgu

En un encantador pueblo junto al mar llamado Ribamar, vivía una niña de nueve años llamada Clara. Clara era curiosa y valiente, con una sonrisa capaz de iluminar hasta el día más gris. Tenía un compañero muy especial, su gato Trasgu. Trasgu, con sus catorce años, era un gato viejo y sabio, con bigotes blancos y una larga cola que se movía con elegancia.

Una mañana de primavera, Clara y Trasgu decidieron ir a la playa en busca de tesoros escondidos. Con un pequeño cubo y una pala, comenzaron a cavar en la arena húmeda con la esperanza de encontrar algo interesante. De repente, Clara desenterró una concha muy extraña. Era más grande que las demás y brillaba con una luz mágica. Trasgu, con sus ojos verdes llenos de curiosidad, se acercó y empezó a maullar, como si intentara decir algo.

—¿Qué es esto, Trasgu? —preguntó Clara, recogiendo la concha con cuidado.

De repente, un resplandor salió de la concha y los envolvió a ambos. Cuando la luz desapareció, se encontraron en un lugar completamente diferente. Seguían en una playa, pero no era la de Ribamar. Las palmeras eran gigantes y el mar tenía un azul tan intenso que parecía de ensueño.

—¿Dónde estamos, Trasgu? —preguntó Clara, sorprendida al ver que su gato estaba igual de desconcertado.

En ese momento, una pequeña criatura con alas apareció ante ellos. Era un hada, diminuta como una libélula, pero con un brillo propio que hacía que todo a su alrededor pareciera mágico.

—¡Bienvenidos al Reino de las Maravillas Marinas! —dijo el hada con una voz suave y melodiosa—. Me llamo Naia, soy el hada guardiana de esta playa mágica. Habéis encontrado la Concha de los Deseos, y ahora podréis vivir una gran aventura.

Clara y Trasgu se miraron, emocionados y un poco asustados a la vez. Pero la curiosidad de Clara fue más fuerte y sonrió a Naia.

—¿Qué tipo de aventura? —preguntó.

—Debéis encontrar el Cristal del Agua, una joya muy poderosa que ha estado perdida durante siglos —explicó Naia—. Sin el cristal, nuestro reino está perdiendo su magia.

Decididos a ayudar, Clara y Trasgu siguieron a Naia por la playa mágica. Cruzaron cuevas de coral, nadaron con peces de colores brillantes y conocieron criaturas marinas increíbles. Cada paso era un descubrimiento, y Trasgu no dejaba de explorar con sus bigotes siempre en movimiento.

Naia los llevó hasta una cueva de coral cuya entrada estaba oculta tras una cascada de agua cristalina. La cueva estaba iluminada por pequeños cristales que colgaban del techo y emitían una luz tenue, creando un ambiente mágico. Al fondo, una gran puerta de coral se abrió con un leve toque de la varita de Naia.

—Esta es la Cueva del Coral, un lugar sagrado donde se encuentra la primera pista para hallar el Cristal del Agua —explicó el hada.

Dentro, encontraron un antiguo mapa grabado en piedra. Mostraba el camino hacia tres templos submarinos, cada uno custodiando una pista esencial. El primer templo estaba en el Bosque de las Algas Gigantes, el segundo en las Rocas de los Cantos Marinos y el tercero en la Fosa de los Secretos Sumergidos.

Siguiendo el mapa, Clara y Trasgu se dirigieron al Bosque de las Algas Gigantes. Este bosque submarino era denso y misterioso, con algas que se extendían hasta la superficie y se movían como si tuvieran vida propia, creando senderos que cambiaban constantemente.

Mientras navegaban por aquel bosque encantado, encontraron a una tortuga marina llamada Tuga, que se ofreció a ayudarles.

—Conozco este bosque como la palma de mi aleta. ¡Seguidme! —dijo Tuga con voz profunda y amable.

Siguiendo a la tortuga a través del laberinto de algas, llegaron a un pequeño templo construido con piedras marinas. En su interior, encontraron una inscripción que decía: «Solo con coraje y amistad podréis superar los obstáculos».

El segundo indicio los llevó hasta las Rocas de los Cantos Marinos, una formación rocosa que emergía del mar y era famosa por su belleza y por un misterioso canto que se oía por las noches. Allí fueron recibidos por un coro de sirenas, las guardianas del lugar.

—Debéis resolver el enigma del canto para poder avanzar —dijo la líder de las sirenas con voz melodiosa.

Clara y Trasgu escucharon atentamente la canción y se dieron cuenta de que era un acertijo sobre el valor de la verdad y la lealtad. Una vez lo resolvieron, las sirenas les entregaron una perla mágica que les guiaría hasta el siguiente templo.

Finalmente, llegaron a la Fosa de los Secretos Sumergidos, una profunda fosa marina llena de misterios. Naia les advirtió que aquí tendrían que ser especialmente valientes, pues la oscuridad y el silencio podían resultar aterradores.

Con la perla mágica iluminando el camino, descendieron en la fosa hasta encontrarse con un calamar gigante llamado Gorgo, que custodiaba la entrada al último templo.

—Solo aquellos de corazón puro pueden pasar —dijo Gorgo con una voz grave y resonante.

Sin dudarlo, Clara explicó al calamar su misión y su deseo de salvar el reino mágico. Gorgo, impresionado por su determinación y valentía, les permitió entrar.

Dentro del templo encontraron el Cristal del Agua, brillante como mil estrellas. Con la ayuda de Naia, Clara lo tomó y lo llevaron de vuelta a la superficie.

Cuando regresaron a la playa, Naia les agradeció profundamente.

—Habéis salvado nuestro reino —dijo el hada con una sonrisa—. Siempre seréis bienvenidos aquí.

Con otro destello de luz, Clara y Trasgu se encontraron de nuevo en su querida playa de Ribamar, con la concha mágica en las manos. Sabían que siempre tendrían un lugar especial donde vivir aventuras increíbles.

Y así, Clara y Trasgu continuaron su vida en Ribamar, sabiendo que la magia siempre está al alcance de la mano, solo hay que creer en ella. Sus aventuras no habían hecho más que empezar, y mientras estuvieran juntos, nada sería imposible.

FIN

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