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¡Atención, Oriol!

¡Atención, Oriol!

El cuento de ¡Atención, Oriol!

Oriol era un niño muy activo y juguetón, que pasaba las tardes jugando al fútbol con sus amigos en el parque. Sus ojos brillaban de felicidad cada vez que veía un balón, y enseguida se lanzaba a correr tras él, soñando con marcar el mejor gol. Pero había algo que lo hacía diferente de los demás niños: cuando jugaba, se concentraba tanto en la pelota que se olvidaba por completo de lo que ocurría a su alrededor. Para él, en ese momento solo existían el balón y él.

Un día, durante un partido muy emocionante, Oriol vio cómo la pelota rodaba hacia fuera del campo. Sin pensarlo dos veces, salió disparado tras ella como un cohete, decidido a aprovechar la oportunidad de marcar el gol de la victoria. Con el corazón latiendo a toda velocidad, aceleró, completamente ajeno a todo lo demás… sin darse cuenta de que justo delante de él había un enorme árbol en su camino.

—¡Oriol, cuidado! —gritó uno de sus amigos, pero ya era tarde.

Oriol sintió un golpe tremendo: ¡BAM! Cayó al suelo de espaldas, con el mundo dando vueltas a su alrededor. El dolor recorrió su cuerpo y se quedó unos segundos en el suelo, sin comprender del todo qué había sucedido. Su cabeza le palpitaba y su rodilla le dolía.

—¡Ay! Eso sí que ha sido un buen golpe —pensó, masajeándose la pierna.

Sus amigos corrieron hacia él. Pau fue el primero en llegar.

—¡Oriol! ¿Estás bien? —preguntó preocupado.

Oriol intentó levantarse, pero el mareo y el dolor en la rodilla le hicieron tambalearse.

—Sí… creo que sí… solo un poco aturdido… pero, ¿qué ha pasado?

Sus amigos lo ayudaron a llegar hasta un banco para que pudiera descansar. Carla, la más tranquila del grupo, le puso una mano en el hombro y le dijo con una sonrisa amable:

—Oriol, te encanta jugar al fútbol, pero tienes que prestar más atención a lo que hay a tu alrededor. Si solo miras la pelota, podrías lastimarte.

Oriol la miró y, de repente, lo comprendió todo. Se sintió un poco avergonzado porque nunca se había dado cuenta de lo distraído que era cuando jugaba. Se quedó pensativo por un momento y luego asintió.

—Tienes razón, Carla. Estaba tan concentrado que ni siquiera vi el árbol. Debería haber mirado mejor por dónde corría.

Sus amigos sonrieron y lo animaron a seguir jugando. Pero Oriol sabía que debía cambiar algo. A partir de ese día, cada vez que jugaba al fútbol, hacía un esfuerzo por mirar a su alrededor antes de lanzarse tras el balón. Aprendió a controlar su velocidad, a fijarse en los obstáculos y en sus compañeros. Su juego mejoró muchísimo, y lo más importante: ya no se lastimaba. Se sentía más seguro y disfrutaba aún más del fútbol junto a sus amigos.

Así fue como Oriol aprendió que jugar con atención es tan importante como jugar con pasión. Nunca más chocó contra un árbol, y desde entonces, siempre que corría, se aseguraba de observar todo lo que le rodeaba.

FIN

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