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La gallina de los huevos de oro

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El cuento de La gallina de los huevos de oro

Había una vez un granjero y su esposa que vivían en una casita en medio del campo. Su granja era pequeña, con algunas vacas, cerdos y gallinas, y un huerto donde cultivaban verduras y frutas. Aunque trabajaban de sol a sol, apenas tenían para llegar a fin de mes. Pero siempre encontraban alegría en las cosas sencillas: el canto de los pájaros al amanecer, el olor del pan recién horneado y las noches de verano contando historias junto al fuego.

Una mañana, mientras recogía los huevos como de costumbre, el granjero encontró algo extraordinario: entre los huevos marrones y blancos había uno que brillaba como si atrapase el sol en su cáscara. Al tocarlo, notó que pesaba el doble que los demás. ¡Era un huevo de oro macizo!

Con manos temblorosas, corrió a la casa donde su esposa amasaba pan. «¡Mira lo que ha puesto nuestra gallina negra!», gritó. La mujer dejó caer la cuchara de madera al ver el destello dorado. «Es un milagro», susurró.

Al día siguiente, la gallina volvió a poner otro huevo de oro. Y al siguiente. Y al otro. Pronto acumularon una docena de relucientes tesoros. Vendieron algunos en el mercado y con el dinero compraron muebles nuevos, repararon el tejado y hasta adquirieron un caballo. Pero una noche, mientras contaban sus monedas, el granjero dijo: «Si esa gallina pone huevos de oro… ¿no tendrá dentro un tesoro aún mayor?».

La esposa, con ojos brillantes, asintió. «¡Debe estar llena de oro! Seríamos ricos de por vida».

Al amanecer, tomaron un cuchillo afilado y… sacrificaron a la gallina. Pero cuando abrieron su vientre, solo encontraron vísceras como las de cualquier ave. Nada de oro, ni joyas, ni siquiera un destello.

Los días siguientes fueron amargos. Sin la gallina, los huevos dorados dejaron de aparecer. El caballo enfermó y tuvieron que vender los muebles nuevos. Una tarde, mientras sembraban patatas bajo la lluvia, la mujer rompió a llorar: «Matamos la gallina que nos daba de comer».

El granjero abrazó a su esposa. «La avaricia nos cegó», admitió. «Pero hemos aprendido que la verdadera riqueza está en lo que ya teníamos».

Con el tiempo, reconstruyeron su vida. La gallina negra fue reemplazada por una docena de gallinas comunes, cuyos huevos vendían en el mercado. Ya no eran ricos en oro, pero cada noche, al sentarse a la mesa con un plato humeante y pan casero, sonreían agradecidos.

FIN

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