Érase una vez, en un pequeño pueblo donde todos tenían nariz, una casita pintoresca junto al mar donde vivían tres hermanas: Laia, Claudia y Julia. Julia, la más pequeña de todas, tenía cinco años y adoraba pasar todo su tiempo con sus hermanas. Laia, la mayor, siempre inventaba juegos e historias para divertirse juntas, y Claudia, la del medio, era la compañera perfecta en todas sus aventuras.
Una mañana soleada de junio, mientras jugaban a los piratas en el jardín, Laia recibió una emocionante noticia: se iría de campamento con la escuela durante una semana. Era una gran oportunidad para ella, pero también significaba que, por primera vez, Julia tendría que estar sin su hermana mayor durante varios días.
Julia sintió un nudo en el estómago. La idea de no tener a Laia en casa para jugar y leer cuentos antes de dormir le daba mucho miedo. No quería que su hermana se fuera, pero sabía que no podía pedírselo.
Los días pasaron rápido y llegó la mañana en que Laia debía marcharse. Con los ojos llenos de lágrimas, Julia abrazó fuerte a su hermana y le pidió que no se olvidara de ella.
—Tranquila, Julia, volveré pronto, y mientras tanto, tú puedes ser la capitana de los piratas junto con Claudia —dijo Laia, intentando consolar a su hermanita.
Después de que Laia se fuera, la casa pareció enorme y silenciosa. Julia se sintió un poco perdida, pero Claudia tomó su mano y le propuso jugar al juego favorito de Laia: la búsqueda del tesoro.
Claudia fue muy paciente y hizo todo lo posible por hacer reír a Julia. Juntas construyeron un barco pirata con cojines en el salón y crearon un mapa del tesoro que las llevó por todo el jardín en busca de aventuras. Poco a poco, Julia comenzó a disfrutar esos momentos con su hermana y descubrió que podía divertirse mucho, aunque Laia no estuviera allí.
Por la noche, cuando llegó la hora de dormir, Claudia le leyó cuentos a Julia, imitando las voces de los personajes, tal como lo hacía Laia. Julia se dio cuenta de que, aunque extrañaba mucho a su hermana mayor, tener a Claudia era un gran consuelo. Además, sabía que Laia estaría feliz al saber que se cuidaban la una a la otra.
Cuando Laia regresó del campamento, Julia corrió a abrazarla con todas sus fuerzas. Le contó todas las aventuras que había vivido y cómo había aprendido a ser un poco más valiente e independiente.
—Estoy muy orgullosa de ti, Julia —dijo Laia con una sonrisa—. Veo que has crecido mucho mientras no estaba.
Desde aquel verano, Julia entendió que, aunque era maravilloso tener a sus hermanas a su lado, también podía ser valiente y divertirse por sí misma. Y así, las tres hermanas siguieron compartiendo juegos y aventuras, sabiendo que, aunque cada una enfrentara sus propios desafíos, siempre estarían ahí la una para la otra, sin importar qué.
Y así, en una casita junto al mar, las tres hermanas siguieron creciendo juntas, rodeadas de amor, risas y muchas, muchas aventuras piratas.