Clara tenía seis años y un bolsillo especial en su chaqueta. No era mágico como el de los cuentos de hadas, pero para ella sí lo era, porque ahí guardaba cosas pequeñas que le parecían importantes: una piedra con forma de corazón, un botón brillante, una pluma que había encontrado en el parque.
Un sábado por la mañana, mientras desayunaban en la cocina, Clara vio a su padre sentado a la mesa con la taza de café entre las manos. No tenía mala cara, pero miraba un punto fijo, como cuando los mayores están pensando en mil cosas a la vez.
Clara mordisqueó su tostada y preguntó:
—Papá… ¿hoy estás un poco cansado?
Su padre sonrió, de esos sonrisas suaves que usan los adultos cuando no quieren preocupar a nadie.
—Un poquito, sí. Pero no pasa nada, cielo.
Clara bajó de la silla, fue hasta el perchero del pasillo y se puso la chaqueta del bolsillo especial. Luego entró en su habitación y abrió el cajón donde guardaba tres tesoros nuevos: una goma del pelo azul, un dibujo pequeñito de un sol y una chuche que le habían dado en el cole el día anterior.
Volvió corriendo a la cocina y lo dejó todo encima de la mesa.
—He decidido una cosa —anunció con voz seria—. Hoy vamos a hacer el “kit para cuando los mayores están cansados”.
Su madre levantó las cejas, sorprendida, y su padre soltó una risa bajita.
—¿Ah, sí? ¿Y qué lleva ese kit? —preguntó él.
Clara se aclaró la garganta como si fuera una doctora importante y empezó a explicar:
—La goma azul es para acordarte de que el cielo siempre vuelve a estar despejado, aunque haya nubes. El dibujo del sol es para que no se te olvide que yo te quiero incluso cuando no tienes ganas de jugar. Y la chuche… es porque a veces un sabor dulce hace que el corazón también se ponga un poco dulce.
Su padre miró los objetos como si fueran tesoros de verdad.
—Clara… este es el kit más bonito del mundo.
Ella asintió, pero añadió:
—Y falta lo más importante.
Metió la mano en el bolsillo especial y sacó la piedra con forma de corazón.
—Esto es para cuando no te salen las palabras —dijo—. Te la pones en el bolsillo, la tocas con los dedos y ya sabes que no estás solo.
El padre se quedó quieto unos segundos. Los ojos se le pusieron brillantes, como si el café se hubiera convertido en algo todavía más caliente que el café.
—¿Sabes qué me pasa, Clara? —dijo al final, muy bajito—. Que a veces los mayores hacemos como si pudiéramos con todo… y se nos olvida que también nos pueden cuidar.
Clara se encogió de hombros, como si fuera lo más normal del mundo.
—Yo soy pequeña, pero sé cuidar. Mamá también. Y tú también me cuidas a mí.
La madre, que había escuchado en silencio, se acercó y le puso una mano en el hombro al padre.
—Hoy nos cuidamos todos —dijo.
Clara sonrió y abrió los brazos tan fuerte como pudo.
—Y ahora… segundo paso del kit: un abrazo que dure hasta que el cansancio se vaya.
El padre la cogió y la abrazó con fuerza. La madre se unió al abrazo. Y durante unos segundos, la cocina se llenó de una calma de esas que no hacen ruido, pero lo llenan todo.
Cuando se separaron, el padre guardó la piedra en el bolsillo del pantalón.
—Me la quedo todo el día —dijo—. Y cuando la toque, me voy a acordar de algo: de que mi corazón también tiene casa.
Clara lo miró contenta. Luego cogió el dibujo del sol y lo pegó en la nevera con un imán.
—Así el sol no se escapa —explicó.
El padre la observó como si de repente la viera más grande.
—Clara… —dijo—. Cuando seas mayor, quizá te olvides de este bolsillo especial. Pero yo no me voy a olvidar nunca de lo que has guardado hoy aquí.
Clara negó con la cabeza, muy convencida.
—No me voy a olvidar. Porque no es un bolsillo de tela. Es un bolsillo del corazón.
Y aquel sábado, sin grandes sorpresas y sin juguetes nuevos, Clara descubrió algo que los padres ya saben, pero a veces se les escapa: que querer no siempre es hacer cosas enormes. A veces es una piedra pequeña en el bolsillo, un dibujo en la nevera y un abrazo que dice, sin palabras: “Estoy aquí. Y tú también.”






