En un bosque lleno de árboles altos y flores de todos los colores vivían animales muy distintos entre sí. Algunos corrían rápido, otros caminaban despacio. Algunos rugían fuerte, otros hablaban bajito. Pero todos compartían el mismo hogar.
Un día, la Lora Lila tuvo una idea brillante.
—¡Organicemos un carnaval! —propuso moviendo sus alas verdes y azules—. Con música, disfraces y desfiles.
El Mono Mateo dio un salto de emoción.
—¡Yo puedo colgar guirnaldas entre los árboles!
La Elefanta Emma sonrió.
—Yo puedo tocar el tambor con mi trompa.
La Tortuga Tita levantó la patita lentamente.
—Yo… puedo ayudar a decorar, pero necesitaré tiempo.
El bosque se llenó de entusiasmo. Cada animal quería participar.
El Pavo Real Pablo abrió sus plumas brillantes.
—¡Yo puedo desfilar! Tengo el traje más vistoso de todos.
Pero el Zorro Zain frunció el ceño.
—¿Y qué pasa con los que no tienen plumas brillantes ni saltan alto? —preguntó.
Todos se quedaron pensando.
En ese momento, apareció la Ardilla Alba, que usaba una pequeña silla con ruedas hechas de ramitas porque sus patitas traseras no eran fuertes.
—Yo también quiero participar —dijo con voz firme—. Puedo diseñar máscaras y ayudar a coordinar el desfile.
El bosque quedó en silencio… y luego la Elefanta Emma habló:
—Este carnaval no es para ver quién es el más rápido o el más colorido. Es para celebrar que somos diferentes.
La Lora Lila asintió.
—Cada uno tiene algo especial que aportar.
Así comenzaron a organizarlo todo pensando en todos.
El Mono Mateo bajó las guirnaldas para que estuvieran al alcance de todos.
La Jirafa Julia sostuvo los faroles bien alto.
La Tortuga Tita pintó carteles con paciencia.
La Ardilla Alba diseñó máscaras de hojas, flores y cortezas para quien quisiera usarlas.
El Zorro Zain organizó un desfile donde todos caminarían a su propio ritmo.
El día del carnaval, el Bosque Arcoíris se llenó de música. La Elefanta tocaba el tambor, los Pájaros cantaban, el León Leo movía la melena con orgullo y hasta el pequeño Topo Tomás salió de su cueva con una capa brillante.
No importaba si alguien caminaba despacio, rodaba, saltaba o volaba.
Cada quien tenía su momento para brillar.
La Tortuga Tita cruzó el desfile lentamente, y todos la aplaudieron.
La Ardilla Alba avanzó con su silla decorada de flores, y el bosque entero gritó:
—¡Bravo!
El Pavo Real Pablo comprendió algo importante. Se acercó al Zorro Zain y dijo:
—Mi traje es bonito, pero lo más hermoso es que estamos todos juntos.
Esa noche, bajo un cielo lleno de estrellas, el Bosque Arcoíris entendió que el verdadero carnaval no estaba en las plumas ni en los disfraces, sino en celebrar que cada animal era distinto… y que juntos hacían un espectáculo maravilloso.
Y desde entonces, cada año celebran el carnaval recordando la gran lección:
Cuando todos pueden participar, la fiesta es mucho más brillante.







