Cuando llega el invierno en la Patagonia y el aire frío baja de la cordillera, una nena de cinco años llamada Jimena descubre nuevas maravillas del mundo.
Jimena vive en San Carlos de Bariloche, en una casita con techo inclinado para que la nieve no se acumule. Esa mañana, cuando salió al patio, sintió algo distinto.
—¡Uh, qué frío hace! —dijo, y vio cómo su aliento se convertía en una nubecita blanca frente a su cara.
Desde la puerta, su mamá la llamó:
—¡Jime! Vení que te abrigo bien. Hoy el viento viene helado del lago.
Le puso una campera bien gruesa, gorro de lana con pompón, bufanda tejida por la abuela y guantes calentitos.
Jimena miró sus manos y se rió.
—¡Pareciera un osito polar!
Al salir a la calle, todo estaba diferente. Las montañas alrededor estaban cubiertas de blanco y los pinos tenían nieve en las ramas. El lago Nahuel Huapi parecía más silencioso que de costumbre.
Jimena pisó la nieve recién caída.
Cric, cric, cric.
—Hola, invierno —saludó, como si fuera un viejo amigo.
De repente, una ráfaga fuerte casi le vuela el gorro.
—¡Eh, viento patagónico travieso! —dijo sujetándolo con fuerza—. ¡Este gorro no te lo llevás!
Caminó con su mamá hasta la escuela. En el camino miraba todo con atención. Los árboles estaban quietos, muchos animales se escondían del frío y el cielo estaba gris, como si estuviera pensando en nevar otra vez.
Jimena habló en voz alta:
—En invierno la naturaleza descansa… como cuando yo me meto bajo la frazada y no quiero salir.
Cerca de un pino vio algo pequeño asomando entre la nieve: una piña.
La levantó con cuidado.
—Vos también tenés abrigo —dijo—. ¡Un abrigo de madera!
Y entonces comenzaron a caer copitos suaves desde el cielo.
Jimena abrió grande los ojos.
—¡Está nevando otra vez!
Los copos se posaban en su gorro, en sus pestañas y en los guantes. Extendió la mano y los vio derretirse despacito.
—Son heladitos… pero re lindos.
Empezó a caminar más rápido porque el frío le hacía cosquillas en los pies. Mientras avanzaba, iba explicando como si fuera guía turística del sur:
—En el invierno patagónico:
Hace mucho frío y necesitamos campera, gorro y guantes.
Las montañas se llenan de nieve.
Algunos animales descansan o se esconden.
Y a veces… cae una nevada que deja todo blanco.
Cuando llegó a la escuela, la seño le preguntó:
—Jimena, ¿qué viste hoy camino al cole?
Jimena sonrió orgullosa.
—Vi que el invierno es como una manta blanca gigante. Todo va más despacio, la naturaleza duerme un poco, y nosotros nos abrigamos para mantener el calor.
La seño asintió.
—Qué linda manera de explicarlo.
Esa tarde, al volver a casa, Jimena se sacó la campera y se acercó a la estufa a leña.
—Me gusta el invierno —dijo—. Porque me enseña que está bien ir más lento… y tomar chocolate caliente mirando la nieve.
Antes de irse a dormir, miró por la ventana. La luna iluminaba las montañas blancas y todo brillaba en silencio.
—Buenas noches, invierno —susurró—. Mañana salimos a hacer un muñeco de nieve.
Y así, en el sur de Argentina, Jimena aprendió que cada estación tiene su magia… y que el invierno patagónico se cuenta con copos de nieve, montañas blancas y un viento frío que, aunque sea travieso, también trae historias para escuchar.







