Valentina, de cinco años, y su hermanito Thiago, de tres, estaban brincando de emoción porque esa noche era la Gran Cabalgata de Reyes en la Plaza Colón de Mayagüez.
Desde temprano, su abuela Doña Carmen les había preparado chocolate caliente y les recordó:
—Acuérdense de portarse bien, que Melchor, Gaspar y Baltasar lo ven todo desde el cielo.
Cuando llegaron a la plaza, todo estaba iluminado. Las palmas reales tenían luces, los balcones estaban llenos de banderas de Puerto Rico y se escuchaban panderetas tocando aguinaldos. Cerca del quiosco vendían piraguas de tamarindo, alcapurrias y buñuelos.
Pero en el centro de la plaza había algo rarísimo.
Frente a la alcaldía habían colocado un reloj enorme, más alto que la torre de la iglesia… ¡pero no tenía manecillas!
—¡Ave María, Thiago! —dijo Valentina sorprendida—. ¿Y cómo los Reyes van a saber la hora?
De repente, en el balcón de la alcaldía apareció un señor muy peculiar: Don Segundino el Relojero.
Tenía sombrero de pava, bigote canoso y una guayabera blanca que brillaba bajo las luces.
—¡Buenas noches, mi gente de Mayagüez! —anunció con voz fuerte—. Los Reyes Magos deben salir a las seis en punto desde el barrio Sábalos, pero el reloj de la plaza no tiene manecillas. ¡Así no sabrán cuándo arrancar las carrozas!
Los niños comenzaron a murmurar nerviosos.
—¿Y qué hacemos ahora? —preguntó Valentina, agarrando fuerte la mano de su hermano.
—Necesitamos llamar a Don Agujitas, el guardián del tiempo boricua —explicó Don Segundino—. Pero solo aparece si todos lo llamamos con ganas. ¡A la cuenta de tres!
La plaza entera se preparó.
—¡Uno, dos y tres… DON AGUJITAS!
De pronto, entre humo de colores y música de plena, apareció un personaje mecánico vestido de jíbaro, con botas negras y una gran llave dorada colgando del cinturón.
—¡Wepa! ¡Llegó la hora! —exclamó con voz metálica.
Con cuidado colocó la manecilla grande y la pequeña en el reloj gigante y comenzó a darle cuerda.
¡Tic-tac! ¡Tic-tac!
El reloj comenzó a funcionar y todos aplaudieron.
Pero entonces Don Segundino se llevó la mano a la frente.
—¡Ay bendito! Ya son las seis en punto… pero si no suenan las campanas de la iglesia, los Reyes no sabrán que deben salir del barrio!
Thiago abrió los ojos bien grandes.
—¿Se van a quedar allá?
—¡Claro que no! —dijo Valentina decidida—. ¡Vamos a ayudarlos!
—Necesitamos a Los Repicadores de San Germán —anunció Don Segundino—. ¡Son los únicos que pueden hacer sonar las campanas como se debe!
Todos gritaron con fuerza:
—¡REPICADORES! ¡REPICADORES!
De repente aparecieron tres personajes festivos, vestidos como vejigantes coloridos de Ponce, con máscaras brillantes y martillos enormes. Empezaron a hacer un espectáculo cómico golpeando suavemente unos grandes tubos metálicos.
—¡Clang! ¡Clong! ¡Cling!
La gente no podía parar de reír. Entre los martillazos y la música de bomba que comenzó a sonar, las campanas de la iglesia empezaron a repicar.
¡DONG! ¡DONG! ¡DONG!
El sonido se escuchó por toda la ciudad.
Y entonces, desde la calle Méndez Vigo, aparecieron las carrozas iluminadas. Los caballos iban adornados con cintas rojas, blancas y azules. Melchor saludaba con su corona dorada, Gaspar lanzaba dulces y Baltasar sonreía mientras decía:
—¡Felicidades, Puerto Rico!
La música subió, cayeron papelitos de colores y los niños gritaban:
—¡Llegaron! ¡Llegaron!
Valentina y Thiago aplaudían tan fuerte que casi se les caen las panderetas que les había comprado su abuelo.
—Esta ha sido la mejor cabalgata del mundo —dijo Valentina.
—¡La más brutal! —añadió Thiago riendo.
Y así, gracias a Don Agujitas, a los Repicadores, a Don Segundino y a todos los niños valientes de Mayagüez, los Reyes Magos llegaron puntuales.
Aquella noche, bajo el cielo cálido del oeste de Puerto Rico, la plaza se llenó de luz, música, alegría y esperanza.
Y desde entonces, cada seis de enero, cuando el reloj de la plaza marca las seis en punto, todos recuerdan que en Puerto Rico la magia de los Reyes siempre llega… porque el pueblo la hace posible.






