Ayman tenía seis años y guardaba un secreto muy especial: su voz estaba un poquito escondida.
No porque no quisiera hablar, sino porque era tímido y le costaba mucho decir lo que pensaba cuando estaba con otras personas.
Cada mañana, al llegar a la escuela, Ayman miraba a sus compañeros. Algunos hablaban sin parar, hacían preguntas, contaban chistes y se reían fuerte. Él, en cambio, escuchaba atento y sonreía en silencio.
—Hoy voy a hablar… —se decía todos los días.
Pero cuando llegaba el momento, las palabras se le quedaban guardadas en el pecho, como si no se animaran a salir.
Un día, su seño, la maestra Nuria, se dio cuenta de que Ayman tenía muchas cosas para decir.
—Ayman —le dijo con una voz tranquila y cariñosa—, yo sé que dentro tuyo hay ideas muy importantes. Hoy vamos a hacer algo especial.
Juntó a todos los gurises en ronda y les propuso un juego llamado Las palabras mágicas. Cada uno podía contar algo que le gustara mucho o hacer una pregunta que tuviera, pero había una regla muy importante: nadie podía interrumpir y todos tenían que escuchar con atención.
Cuando llegó el turno de Ayman, se puso nervioso. El corazón le latía rapidísimo.
—No puedo… —pensó.
Pero entonces pasó algo lindo. Sus compañeros lo miraron con una sonrisa, algunos le hicieron un gesto con el pulgar para arriba, otros le dijeron bajito:
—Dale, vos podés.
Ese apoyo tan simple hizo que Ayman se animara. Las palabras empezaron a salir despacito, como flores abriéndose al sol.
—Me gusta dibujar dinosaurios… y mis colores favoritos son el verde y el azul —dijo, con una voz suave, pero firme.
De inmediato, todos lo aplaudieron. Algunos se sorprendieron, otros sonrieron felices.
Ayman sintió una alegría enorme, como si algo cálido le llenara el corazón.
—Capaz que puedo hablar más seguido… —pensó.
Desde ese día, Ayman empezó a compartir cada vez más cosas: historias de su casa, preguntas sobre animales y hasta algún chiste. Cuando se sentía nervioso, recordaba las sonrisas de sus compañeros y la mirada atenta de la seño. Sabía que lo estaban escuchando de verdad.
Una mañana, la maestra dijo:
—¿Vieron cómo Ayman encontró su voz?
Y Ayman, con una sonrisa grande, respondió:
—Sí. Y gracias a todos ustedes ahora sé que puedo expresarme y que lo que digo importa.
Así, Ayman aprendió que tener miedo es normal, pero que con amistad, paciencia y confianza, incluso las voces más tímidas pueden escucharse claras y fuertes.






