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Aiden, Margarita y el gran desastre de barro

Aiden, Margarita y el gran desastre de barro

El cuento de Aiden, Margarita y el gran desastre de barro

Había una vez dos hermanos que siempre estaban listos para la aventura. Aiden, de tres años, llevaba su pijama de estrellas que brillaban como el sol. Margarita, de cuatro años, prefería su vestido de lunares que parecían pequeñas hojas bailando.

Una mañana soleada, mamá los abrazó y les dijo con cariño: «Si vais a jugar al parque, recordad: la ropa limpia es feliz». Pero Aiden y Margarita estaban demasiado emocionados con el día perfecto que les esperaba.

El parque era un mundo mágico. Primero encontraron los charcos más grandes y saltaron sin parar. ¡Plaf! ¡Plash! ¡Chof! El barro salpicaba por todas partes, pintando sus ropas de marrón. Después descubrieron unos pinceles mágicos (ramitas con hojas) y se pusieron a pintar en el suelo. Manchas verdes, amarillas y rojas aparecieron en sus trajes como por arte de magia.

Cuando se cansaron, decidieron rodar por la colina más verde del parque. ¡Rodando y rodando! La hierba fresca dejó sus marcas verdes por todas partes. De pronto, Margarita se miró y sus ojos se abrieron como platos.

«¡Aiden!», gritó asustada. «¡Míranos! Parecemos… ¡monstruos de barro!».

Aiden se miró sus estrellas, ahora marrones y verdes, y su carita se arrugó de preocupación. «Mamá nos dijo que cuidáramos la ropa», susurró.

Fue entonces cuando oyeron un tintineo suave. De detrás de un árbol apareció una hada muy especial. Llevaba un delantal hecho de bolsas de plástico y una varita que era… ¡una cuchara de madera!

«¡Uy, uy, uy!», dijo la hada Recicladora. «Veo que habéis tenido mucha diversión, pero vuestra ropa está contando otra historia».

Los niños bajaron la cabeza, pero la hada sonrió con complicidad. «No os preocupéis. Todo tiene solución. ¿Sabíais que la ropa sucia no se tira? ¡Se transforma!».

Con un movimiento de su varita-cuchara, les enseñó la magia del cuidado:
Primero, separaron la ropa muy manchada de los calcetines viejos.
Después, con ayuda de la hada (y un poco de magia de mamá), la lavadora empezó a cantar: «Bur-bujas, bur-bujas, limpiando sin parar».
Por último, lo más mágico de todo: los calcetines viejos se convirtieron en dos divertidos muñecos de trapo, uno para cada uno.

A la mañana siguiente, cuando el sol asomó por la ventana, Aiden y Margarita encontraron sus pijamas y vestidos favoritos limpios y brillantes, colgados como banderas de felicidad. Y en su cesto de juguetes, los nuevos muñecos de trapo les sonreían.

«¡La ropa dura más si la cuidamos!», dijo Margarita abrazando a su muñeco.
«¡Y lo viejo puede ser nuevo otra vez!», añadió Aiden.

Desde aquel día, siempre recordaron la lección de la hada Recicladora. Y aunque seguían saltando en charcos y pintando con ramitas, ahora sabían que después tocaría… ¡la magia del cuidado!

FIN

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