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El Dragón y el pastel gigante

cuento El Dragón y el Pastel Gigante

El cuento de El Dragón y el pastel gigante

En un pequeño pueblo vivía un dragón muy especial. No era feroz ni temible como los demás dragones; este dragón era conocido por ser bondadoso, siempre amable y con una gran sonrisa. Un día decidió sorprender a sus amigos con un pastel gigante. Pasó horas planeando la receta perfecta, con capas de chocolate, fresas y nata, para que todos disfrutaran de su sabor. El dragón quería hacer feliz a todo el mundo.

Cuando comenzó a preparar el pastel, todo parecía ir bien, pero pronto las cosas se complicaron. Primero, los huevos se le resbalaban de las garras, luego la harina se esparció por toda la cueva, y la nata, al intentar montarla, se desbordó y lo cubrió de crema de la cabeza a los pies. Cada vez más frustrado, el dragón suspiró con tristeza mientras pequeñas chispas de fuego salían de su nariz.

“¡Solo quería hacer un pastel bonito para mis amigos!” murmuró entre suspiros.

En ese momento, su amigo el erizo, que paseaba cerca de la cueva, lo escuchó y decidió entrar.
—¿Qué te pasa, dragón? —preguntó con curiosidad.

El dragón, con lágrimas en los ojos, respondió:
—El pastel no está saliendo como quería, y ahora estoy enfadado… y un poco triste también.

El erizo se acercó con cariño, poniéndole una de sus patitas sobre la garra.
—Es normal sentirte así cuando algo que quieres hacer no sale como esperabas —dijo el erizo con una sonrisa—. Pero no tienes que hacerlo todo solo. A veces, pedir ayuda hace que las cosas sean más fáciles y divertidas. ¡Y si algo sale mal, siempre podemos reírnos y aprender juntos!

El dragón esbozó una pequeña sonrisa, recordando que incluso los dragones tienen derecho a sentirse frustrados. Decidió aceptar la ayuda de su amigo, quien le mostró cómo mezclar los ingredientes con calma y sin prisa. Juntos se rieron de los pequeños accidentes y, trabajando en equipo, lograron terminar el pastel.

Cuando los amigos del dragón llegaron y vieron el pastel gigante, todos lo felicitaron. El dragón sintió una gran felicidad y se dio cuenta de algo importante: las emociones son como los ingredientes de una receta. Algunas son dulces, otras un poco amargas, pero todas son necesarias para crear algo especial.

Gracias a la paciencia, la ayuda de sus amigos y el valor para aceptar sus sentimientos, el dragón aprendió que gestionar las emociones puede ser una parte tan importante como la propia receta.

Y así, ese día, el dragón no solo sirvió el pastel más grande y delicioso del pueblo, sino que también aprendió que con amor, amistad y un poco de humor, cualquier obstáculo puede superarse.

FIN

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