En un pequeño pueblo llamado San Rocío, escondido entre las montañas de Andalucía, las noches de otoño eran frías y silenciosas. Pero había una noche al año que rompía esa calma: la noche de Halloween. Las estrechas calles empedradas se iluminaban con la tenue luz de calabazas talladas, y los niños se disfrazaban de fantasmas, brujas y monstruos para recorrer las casas pidiendo caramelos con la tradicional frase: “¡Truco o trato!”
Álex, Pablo y Marisa, tres amigos inseparables, esperaban esa noche con ansias todos los años. Pero este Halloween prometía ser diferente. Un antiguo rumor recorría las conversaciones en el pueblo: la Torre de la Hechicera, una vieja construcción de piedra abandonada en las afueras, estaba maldita. Se decía que una hechicera, que había vivido allí hacía siglos, regresaba cada Halloween para asustar a quienes se atrevían a acercarse.
—Bah, eso son solo cuentos para asustar a los niños pequeños —dijo Álex mientras se colocaba su capa de vampiro—. Nadie ha visto nunca nada.
—¡Mi abuela dice que escuchó unos gritos el año pasado! —replicó Pablo, disfrazado de zombi—. Y dicen que, si entras en la torre, siempre oyes ruidos extraños…
—¡Qué emocionante! —exclamó Marisa, envuelta en una sábana blanca que simulaba ser un fantasma—. ¿Por qué no vamos esta noche después de recoger caramelos? Así comprobamos si es verdad.
Los otros dos se miraron, nerviosos, pero la emoción pudo más que el miedo. Después de una divertida ronda de disfraces y caramelos, cuando el reloj del campanario dio la medianoche, los tres amigos tomaron sus linternas y se dirigieron hacia la Torre de la Hechicera.
El camino estaba cubierto de hojas secas que crujían bajo sus pies, y la luz de la luna apenas iluminaba el sendero. Al llegar, encontraron la puerta de madera entreabierta, balanceándose con un leve chirrido debido al viento.
—¿Veis? No hay nada que temer —dijo Álex, intentando parecer valiente mientras empujaba la puerta para abrirla del todo—. Solo es una torre vieja y…
Un ruido fuerte resonó dentro. Parecía que algo había caído.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó Pablo con los ojos abiertos como platos.
Decidieron entrar, aunque los nervios les jugaban malas pasadas. El interior estaba oscuro, lleno de telarañas y polvo acumulado durante décadas. Subieron por unas escaleras de piedra, con cada paso acompañado por un eco que hacía que el corazón les latiera más rápido.
Cuando llegaron a la parte más alta de la torre, encontraron una sala amplia y vacía, iluminada solo por la luz de la luna que entraba por una ventana rota. Todo estaba en silencio, hasta que una sombra cruzó rápidamente por una esquina.
—¿Hay alguien ahí? —preguntó Marisa con un hilo de voz.
De repente, una figura apareció bajo la tenue luz de la luna. Era una mujer alta, con una capa negra y un sombrero puntiagudo. Tenía los ojos brillantes y una risa profunda y escalofriante.
—Así que habéis venido a visitar a la hechicera de la torre, ¿eh? —dijo la figura con voz grave.
Los tres amigos se quedaron petrificados. Pero entonces, la figura se quitó el sombrero y la capa, revelando un rostro muy familiar. ¡Era Rosario, la abuela de Pablo!
—¡Abuela! —exclamó Pablo, confundido—. ¿Qué haces aquí?
—Quería daros un pequeño susto —dijo Rosario con una risa divertida—. La gente del pueblo lleva años contando historias sobre esta torre, y pensé que sería divertido mantener la tradición. Además, sabía que sois valientes, pero también algo curiosos.
Álex, Marisa y Pablo se miraron entre ellos y empezaron a reír a carcajadas.
—¡Nos has asustado de verdad! —dijo Álex, todavía con el corazón acelerado.
—Bueno, Halloween es para asustar un poquito, ¿no? —respondió Rosario con una sonrisa—. Pero también es para pasarlo bien. ¿Qué os parece si volvemos al pueblo y terminamos la noche con una buena taza de chocolate caliente?
Y así, riendo y compartiendo su aventura, los tres amigos y la abuela Rosario regresaron al pueblo. Aquella noche de Halloween en San Rocío fue la más emocionante que habían vivido. No por una maldición real, sino por una sorpresa que les recordó que, a veces, las mejores historias nacen de un buen susto y muchas risas.